Homilía II Domingo de Cuaresma Ciclo A "La Transfiguración es la fuerza que nos hace mirar hacia adelante con ansia de vivir lo que incluso quizás no habíamos soñado"

II DOMINGO DE CUARESMA

12 de marzo de 201

 

Hermanos en Jesucristo, el Hijo amado en quien el Padre se complace

 

Celebramos el segundo domingo de nuestro camino cuaresmal, hacia la Luz pascual. Como cada año, el tema central de hoy es la transfiguración del Señor; este fenómeno asombroso descrito por los evangelios, pero que no consiste sólo en el hecho, por muy extraordinario que sea, por el cual el aspecto externo de Jesús es cambiado por otro, sino que ante todo constituye una especie de anuncio o anticipo de la glorificación pascual del mismo Jesús, que tendrá en su resurrección.

 

Por eso, este pasaje posee una finalidad muy clara en la liturgia: tener muy en cuenta desde el inicio del tiempo cuaresmal que la meta hacia la que caminamos es llegar a celebrar la Pascua del Señor resucitado. Por tanto, la Cuaresma no es una finalidad en sí misma, sino un medio o camino para alcanzar la meta: “celebrar a Cristo glorioso y resucitado”. El Papa Francisco ha dicho que hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua (EG 6), lo cual carece de sentido Pero también se nos recuerda que no se puede llegar a la meta sin asumir el camino de la cruz.

 

En efecto, el pasaje de la transfiguración del Señor está colocado en los tres evangelios sinópticos, inmediatamente después del primer anuncio de Jesús a sus discípulos acerca de supasión y de las condiciones para seguirlo (Mc 9,2-8; Mt 17,1-18; Lc 9,28-36). Al escuchar esas palabras por las que Jesús anuncia sus sufrimientos redentores y la necesidad de asumir el camino de cruz, los discípulos corren el riesgo de desanimarse y, por el escándalo de la cruz, dar marcha atrás en el seguimiento del Señor. Por eso Jesús les da una especie de anticipo de lo que será su glorificación.

 

La unidad entre pasión y resurrección queda bien subrayada. De hecho, si nos fijamos, los tres discípulos que acompañan a Jesús al monte de la transfiguración son Pedro, Santiago y Juan, es decir, los mismos que lo acompañarán durante su agonía en Getsemaní (Mt 26,37). Hay una fuerte y estrecha vinculación entre los dos momentos. La meta es ciertamente la participación en la gloria del Señor, vencedor del pecado y de la muerte, pero sólo podrán participar quienes lo hayan seguido por el camino de la cruz. Camino y cruz son dos aspectos indisolubles.

 

La lectura del libro del Génesis, presenta la “vocación de Abram”. El Patriarca recibe una promesa, pero para alcanzarla dbe emprender un camino. La tierra prometida es una meta que sólo puede ser alcanzada si recorre la aventura. Se trata de un camino difícil e incierto, por su edad y condición, pero imprescindible para alcanzar la promesa. Dice el Génesis: Abram partió como se lo había indicado el Señor. Aceptó el desafío y el precio que implicaba aquella travesía, sin ruta fija, para conseguir aquella promesa, con la única garantía que le daba la palabra pronunciada por Dios.

 

Por su parte, san Pablo se refiere a los sufrimientos por la predicación del Evangelio. No presernta una teoría abstracta sobre el apostolado, sino refiere su experiencia personal como apóstol de Jesucristo. Sabe bien que aceptar su misión lo ha lanzado a una aventura que en muchas ocasiones implica afrontar peligros, hostilidades, rechazos y que incluso lo llevarán a la muerte. Sin embargo san Pablo también está convencido que es Dios quien llama, para que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente. Pero esto conlleva también penas y sufrimientos. Se trata de la cruz del apostolado que Pablo lleva sobre sus hombros. Él se considera un corredor fiel, que busca alcanzar la meta, el premio que Dios le dará (Filp 3,14).

 

En el pasaje del evangelio proclamado, Pedro, Santiago y Juan viven una experiencia maravillosa, pero con un gran contraste. Están desconcertados porque acaban de escuchar el primer anuncio de la pasión del Señor, entran en crisis al no entender a un Mesías sufriente. El desánimo es inevitable. Es entonces cuando Jesús los llama a la montaña, a la presencia cercana de Dios, como en el Sinaí, y se transfigura delante de ellos. No lo habían comprendido en su entrega y ahora lo admiran en su esplendor. Junto a Él, conversando aparecen Elías y Moisés, dos personajes que experimentaron la presencia de Dios en la montaña, así se indica también que la Ley y los Profetas dan fe de este Mesías. Este testimonio avala que la misión no está equivocada, que el camino de la gloria pasa por el camino de la cruz, que la meta es llegar a participar en el triunfo glorioso del Mesías, pero no se puede alcanzar esa meta sin la cruz.

 

Al contemplar los discípulos de esta forma a Jesús se les concede un momento privilegiado de gracia. Esto les anima y los fortalece para retomar las propuestas de Jesús en su camino hacia Jerusalén, que antes les parecían difíciles de entender y hasta absurdas.

 

Pedro, quien antes había profesado su fe en Jesús como Mesías, pero también quien lo había tratado de disuadir después del primer anuncio de la pasión, quizás ahora fascinado por la visión o tal vez por reivindicarse de su torpe intervención, hace una propuesta al Señor: ¡Qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pero Pedro se vuelve a equivocar, pues no se vale quedarse contemplando desde las alturas, ensimismado en la belleza del anticipo de la Resurrección, se tiene que retornar a la lucha de cada día, a dar sentido a cada instante de dolor, a construir desde la pequeñez ese ideal que se manifiesta en toda su plenitud en la Transfiguración. Hay que bajar del monte de la Transfiguración para seguir el camino de discípulo. El Señor no puede quedarse en allí, en la montaña del esplendor, porque antes tiene que subir a otro monte, el del Calvario. Y Pedro, como los demás discípulos, deberá compartir la misma suerte. Sólo hasta entonces se podrá llegar a compartir la gloria del Mesías.

 

Nosotros sólo comprendemos la grandeza de construir cuando hay entrega, donación, sacrificio; cuando aceptamos la cruz de la entrega y del servicio, sabiendo que con ella construimos el reino de Dios. No podemos quedarnos en contemplaciones, sentados en la cima de una montaña, por hermosa que sea, “dormidos en nuestros laureles”; necesitamos descender y dar un nuevo sentido a nuestra pequeñez, continuar el camino de discípulos, de quienes hemos aceptado la invitación a seguirlo hacia la Pascua, a través del camino de la cruz.

 

Las palabras pronunciadas del Padre: “Éste es mi Hijo”, dan un vuelco en la forma de mirarlo, y de vivirlo, aunque la resurrección vendrá a descubrirlo con toda plenitud. Con esta manifestación se fortalece nuestra fe, para realizar también en nuestra vida una transfiguración. “Transfigurar la vida” significa darle un giro en la manera de asumirla, orientarla para que tan llena de rutina, desilusiones, dolores y fracasos, lleve un nuevo rumbo. Con la fe podremos descubrir el sentido trascendente de una vida oculta, de unos granos de sal que dan sabor a la levadura que se pierde en la masa y la fermentan.

 

La Transfiguración del Señor es como el cristal a través del cual podemos mirar al futuro, en lugar vagar sin sentido, con nostalgia y temores. Es la fuerza que nos hace mirar hacia adelante con ansia de vivir lo que incluso quizás no habíamos soñado. La orden del Padre es escuchar la palabra de su Hijo, su Hijo hecho Palabra. Él nos ofrecerá la posibilidad de construir no tres tiendas insignificantes que dan una cierta seguridad, sino la posibilidad de construir su Reino, una aventura de mayor riesgo que la aventura de Abram, porque no se trata de recorrer un camino físico, sino de vivir con actitudes de entrega y donación, pero sólo así, como Pedro, Santiago y Juan, podemos vislumbrar el sentido de aquella magnífica visión. La transfiguración de Jesús, la nube, las palabras, dan un profundo significado a la cruz.

 

Desde la montaña de la Transfiguración podemos preguntarnos: ¿Nos dejamos llevar por nuestras seguridades y no nos arriesgamos a seguir a Jesús en su camino? ¿Cómo escuchamos su Palabra y la hacemos vida en nuestra vida? ¿Cuáles son los miedos y ataduras que nos impiden salir de nosotros mismos y recorrer con Jesús el camino de la cruz? ¿A qué nos compromete el contemplar a Jesús Transfigurado?

 

 

Padre Bueno, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu Palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos descubrir el verdadero valor las cosas que nos atan y aquilatar la belleza de tu Reino. Enséñanos a transfigurar nuestra vida, para dimensionar nuestra pequeñez desde la grandeza de la vocación a las que nos has llamado y para que con entusiasmo, portadores del gozo del Evangelio, acompañemos a Jesús, por el camino de la cruz, hasta alcanzar la meta de su glorificación, en la Pascua Eterna. Amén.