Homilía de Domingo del Pentecostés Ciclo A 2017 "Ven Dios Espíritu Santo y envíanos desde el cielo, tu luz para iluminarnos. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad y e

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

04 de junio de 2017

 

Hermanos en Cristo resucitado y glorioso que,

con el Padre, nos envía el Espíritu Santo

 

Llegamos a la culminación del tiempo de Pascua con esta fiesta de “Pentecostés”. Este nombre se debe a que es el día quincuagésimo del tiempo litúrgico. Concluimos las celebraciones pascuales, pero sólo en la liturgia, ya que nuestra vida cristiana es y será siempre una alegre y festiva pascua. Como nos recuerda el Papa Francisco, los creyentes vivimos cada día la alegría pascual, hasta que lleguemos a celebrar la Pascua eterna y con toda plenitud en la Casa del Padre.

 

Hemos  proclamado y escuchado el pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos narra el acontecimiento de Pentecostés de una manera asombrosa.  “Al cumplirse los días”, expresión muy usada por san Lucas  para indicar no sólo un dato cronológico, sino una realidad con el sentido teológico profundo de la plenitud. Estaban todos reunidos con un mismo motivo: Esperar “la Promesa” hecha por el Señor resucitado. La descripción es maravillosa: Una impetuosa ráfaga de viento, lenguas de fuego, pero también lenguas diversas para expresar los prodigios de Dios. Es lo que se llama una “teofanía” (manifestación asombrosa de Dios).

 

El viento está siempre relacionado con el espíritu (tanto el hebreo ruah, como el griego pneuma significan “viento”y “espíritu”). La “ráfaga de viento” expresa, por tanto, la presencia del Espíritu de Dios. El fuego también tiene relación con el Espíritu, como ya anunciaba Juan el Bautista: “Él los bautizará en Espíritu Santo y Fuego” (Lc 3,16). Tanto el viento, como el fuego son figuras con las que se expresan manifestaciones extraordinarias de Dios, especialmente referida a la Alianza, como ocurre en Ex 19,16-24. La teofanía del Sinaí prepara la alianza de Dios con Israel y donde también hay presencia de fenómenos extraordinarios como humo, fuego, truenos, etc.

 

Por eso la fiesta judía de “Pentecostés”, celebrada 7 semanas después de la Pascua, y que en sus orígenes tuvo carácter agrícola, con el tiempo llegó a conmemorar la renovación de la alianza de Dios con Israel, en el Sinaí.

 

“Pentecostés”, para nosostros, los cristianos, posee varios e importantes significados. Subrayamos sólo tres de ellos:

 

1. Con Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, ha llegado la Nueva y Defintiva Alianza, que se habiendo sido sellada con su sangre, ahora viene a ser ratificada por la efusion del Espíritu Santo. El Espíritu derramado en los corazones es también ahora la garantía de esta Nueva y Defintiva Alianza.

 

2. Pentecostés representa el cumplimiento de la Promesa hecha por Jesús a sus discípulos. San Juan narra que en la última cena el Señor les prometió que les enviaría al “Otro Paráclito” (el que está a lado como abogado, intercesor, consolador…). Incluso les llega a decir: “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy se lo enviaré” (Jn 16,7) y les dice también: “Cuando venga  él, el Espíritu de la verdad les guiará en la verdad completa” (Jn 16,13). En san Lucas, Jesús resucitado dice expresamente a sus discípulos: “Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la promesa del Padre. Por su parte, quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder desde lo alto” (Lc 24,49). Pentecostés es precisamente el cumplimiento de esa Promesa. Viene el “Paráclito” para conducir a los discípulos en una nueva etapa de su vida. Les corresponde ahora llevar adelante la misión iniciada por el mismo Jesús. Ellos son sus continuadores. Pero como la tarea no es fácil, reciben el Espíritu Santo que los conduce e impulsa para cumplir con fidelidad y entrega dicha misión.

 

3. Pentecostés es el signo más elocuente de la unidad de los creyentes, en la confesión de una misma fe. Se puede decir que nace aquí la “catolicidad” de la Iglesia. El libro de Los Hechos de los Apóstoles narra cómo los apóstoles, al recibir el Espíritu, empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Refiere que por aquel entonces en Jerusalén había gente de distintos lugares (medos, partos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Asia, Egipto…) y cada quien los escuchaba hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El milagro no consiste tanto en que los discípuos hablen lenguas diversas, sino más bien que los que estaban presentes los escuchan hablar en su propia lengua las maravillas de Dios. Lo fundamental es la unidad, por la escucha del mensaje que unifica.

 

Pentecostés significa la unidad que sólo puede dar el Espíritu de Dios, como nos recuerda san Pablo, en su primera carta a los Corintios: “Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios que hace todo en todos es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. El Apóstol pone el ejemplo del cuerpo, que a pesar de tener muchos miembros es uno sólo. Así, “todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber de mismo Espíritu”. Es el Espíritu de la unidad.

 

Podemos decir también que la unificación de las lenguas en Pentecostés reinscribe la historia de la humanidad. Si en el Antiguo Testamento la “Torre de Babel” y su confusión de lenguas simbolizó la división de una humanidad enferma de orgullo y soberbia, Pentecostés, en contraparte, representa la unificación de las lenguas para la salud de los seres humanos, es decir para su salvación. El Espíritu de la unidad es el que puede conducirnos por el único camino que lleva a Dios. Necesitamos que el Espíritu Santo nos ayude a superar divisiones, discordias e individualismos egoístas, que desembocan en odios y luchas fratricidas. Necesitamos la fuerza del Espíritu del amor, de la unidad, de la verdad y de la verdadera paz para construir un mundo nuevo.

 

 

Por eso hoy invocamos: Ven Dios Espíritu Santo y envíanos desde el cielo, tu luz para iluminarnos… Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina… Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad y endereza nuestras sendas… Amén.