Homilía del XI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Padre enséñanos también a nosotros a ser genuinos discípulos y misioneros, que sepamos anunciar y trasmitir la compasión de Jesús a nuestros hermanos"

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

18 de junio de 2017

 

Hermanas y hermanos en Jesucristo compasivo y misericordioso

 

Hemos escuchado un fragmento del evangelio de san Mateo que se refiere a la misión. Si nos damos cuenta, esta misión tiene su punto de partida en la compasión de Jesús hacia las personas: “Al ver Jesús a las multitudes, se compadeció de ellas porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor”. Éste es el motivo por el que pide que rueguen al “dueño de la mies para que envíe trabajadores a sus campos”, pero también al mismo tiempo él envía sus discípulos con el “poder de expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedad y dolencia”. La misión, por tanto, nace de la compasión de Jesús.

 

El Papa Francisco, en la Bula de convocación para el Año de la Misericordia decía: “«Dios es amor » (1 Jn 4,8.16)… Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”. (MV 8). Esto lo podemos constatar también en este relato: Jesús siente compasión de la muchedumbre, elige a sus apóstoles y los envía a la misión.

 

Las muchedumbres de entonces nos representan a todos nosotros. La compasión de Jesús es universal, no restringe, ni hace distinciones, pero sí respeta procesos. Por eso al elegir a los doce, que llamará “apóstoles” (enviados), los envía primero a “las ovejas perdidas de la Casa de Israel”. Les manda llevar el mensaje del Evangelio, el único que puede responder a las necesidades espirituales más profundas de los seres humanos, tan necesitados, “como ovejas sin pastor”.

La misión, en la perspectiva de san Mateo, tiene etapas que es preciso respetar porque manifiestan el plan de Dios, que ha elegido a un pueblo, al que ha hecho destinatario de sus promesas. Este proyecto divino de salvación tiene dos momentos fundamentales: “El camino” y “el cumplimiento”. Ambos están perfectamente vinculados y forman parte de una sola historia salvífica. No hay cumplimiento sin camino; pero éste, sin su cumplimiento carece de sentido. Por eso, Jesús (en el NT), aunque viene a dar plenitud a todo lo anunciado (en el AT), parte del pueblo de la promesa: “Las ovejas perdidas de la Casa de Israel”.

 

La primera lectura ilustra lo anterior. Dios, por medio de Moisés dice a los israelitas que están al pie del Sinaí: “...Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro, entre todos los pueblos... Ustedes serán para mi un reino de sacerdotes y una nación consagrada”. Esta promesa Dios la mantiene fiel. En realidad su plan de salvación es para toda la humanidad, como le prometió a Abraham (Gn 12,3:“En ti bendeciré a todas las naciones de la tierra”), pero esta universalidad llega por etapas, ya que no es posible comunicar a todos los humanos al mismo tiempo el proyecto amoroso de la salvación. Ésta se cumple primero en el Pueblo de Israel y, a través de él, a toda la humanidad. Sólo hasta que Jesús muere y resucita, en favor de todos, queda suprimido cualquier límite. Entonces viene el mandato final para la gran misión: “Hacer discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19).

 

La segunda lectura ilustra también la dinámica que sigue el proyecto divino de salvación. Dice san Pablo: “Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado…” Y añade: “La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”. Todos los pecadores somos responsables de la muerte de Cristo, empezando por el pueblo de Israel. Pero también todos, no sólo los judíos, hemos experimentado la compasión del Padre. Los judíos asumen el rol de los pecadores que causan la pasión y muerte de Jesús, pero en realidad en ellos estamos representado todos nosotros. Al mismo tiempo, todos recibimos la compasión del Señor.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, la salvación, gracias a la infinita misericordia de Dios, se ofrece a todos los hombres; la única condición para recibirla es la adhesión de fe a quien murió y resucitó para nuestra justificación. Por eso dice también san Pablo: “Con mayor razón, ahora que ya hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él del castigo final”. El Apóstol se refiere a “todos nosotros”. La salvación prometida ha dejado de ser sólo para un pueblo. Es para todas las naciones del mundo entero, gracias al amor de Dios.

 

Ahora bien, los que hemos sino objeto de la compasión de Jesús y hemos recibido el precioso don de la salvación, estamos llamados a compartirlo a los demás. Jesús quiere que los que hemos creído en él, los que hemos sido bautizado y somos sus discípulos, continuemos con esta misma misión de comunicar el amor que hemos recibido. No únicamente los doce (Pedro, Andrés, Santiago, Juan…), sino todos nosotros estamos llamados a llevar adelante la misión universal, que consiste en anunciar a nuestros semejantes la compasión de Jesús.

 

En consecuencia, la misión no es sólo cuestión de palabras o trasmisión de ideas, por bellas que puedan ser. La misión es integral, donde las palabras y el testimonio de las obras expresan la compasión de Jesús. Como con los Doce, “curar a los enfermos, resucitar a los muertos, arrojar a los demonios” es una forma de expresar que la misión no se da sin la compasión. El anuncio gozoso de la salvación se une indisolublemente al hacer el bien. Así es la gramática del amor.

 

Padre que por amor nos enviaste a tu Hijo para que nos mostrara tu amor y compasión, enséñanos también a nosotros a ser genuinos discípulos y misioneros, que sepamos anunciar y trasmitir la compasión de Jesús a nuestros hermanos, por medio de las palabras, pero sobre todo a través de nuestras obras. Te lo pedimos por intercesión de María Santísima nuestra madre. Amén.