Homilía del XIV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Jesús manso y humilde de corazón, ayúdanos a que aprendamos de ti a ser humildes y sencillos, para que podamos experimentar el gozo de la salvación"

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

09 de julio de 2017

 

Hermanos en Jesús, nuestro Mesías victorioso y humilde

 

“Alégrarte sobremanera Hija de Sión, da gritos de júbilo, hija de Jerusalén…” “¡Dios y rey mío, yo te alabaré, bendeciré tu nombre por siempre y para siempre!” “¡Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla!” Todas estas expresiones están llenas de profunda emoción. Pero no se trata de una emoción cualquiera, pasajera y efímera. Son expresiones de la alegría auténtica, que brota de lo más profundo del corazón y que tiene como su razón y motivo a Dios mismo, fuente de gozo.

 

La primera lectura está tomada de la segunda parte del libro del Profeta Zacarías, entre finales del s. IV y principios del s. III a.C., cuando declinaba el imperio griego. El tono de esta parte del libro es de gozo, pues se trata de un anuncio de salvación: predice la liberación de Israel, que inicia con la llegada de un personaje llamado “rey-mesías” (Zac 9,9). Anuncia que un nuevo pastor llevará a cabo ese proyecto divino, aunque chocará con la degradación religiosa del pueblo y sus dirigentes (Zac 11,4-17).

 

El libro de Zacarías describe la restauración del reinado de Dios con un rey “justo y victorioso”. Éste no se parece al común de los reyes, que hacen alarde de su poder y fuerza. Habitualmente los reyes, al regreso de una victoria, -aúnque no hubiesen ido ellos en persona a la guerra- solían entrar en la ciudad al frente de su ejército, montados en briosos caballos, para ser aclamados en su “entrada triunfal”. En cambio el “rey mesías” del que habla Zacarías es diferente. Viene también victorioso pero no con alarde de poder, sino que entra humilde, montado en un burrito. Esto indica que viene a inaugurar una época nueva y un nuevo modo de guiar. No se basa en la fuerza de las armas ni en las alianzas humanas. Su fuerza surge de la humildad y de la sencillez. Se trata de una época diferente, en la que desaparecerán los carros de guerra y los caballos de combate, para abrir paso a la reconciliación. Esa época sólo llegará a ser realidad cuando el verdadero y auténtico Mesías y Rey, Jesús de Nazaret, antes de su pasión entre en Jerusalén, cumpliendo así plenamente la profecía de Zacarías.

 

El Profeta anunciaba esa nueva época con gritos de alegría y júbilo. Es el gozo que nace de una firme convicción: no triunfarán los más fuertes, no vencerán los poderosos. El Señor mismo Señor hará desaparecer los carros de guerra, quebrará las lanzas y destrurá las espadas, romperá los arcos de los guerreros y anunciará la paz a las naciones. Éste es el motivo del gozo. Es el júbilo que sólo puede dar la presencia de Quien llevará a cabo esta nueva realidad.

 

Esa nueva época ha llegado ya con Jesús el verdadero Mesías y Rey. Su presencia es el motivo principal de la alegría, porque en Jesús tiene lugar la salvación de Dios con toda plenitud. Su Evangelio es la “buena nueva” por excelencia, pues nos anuncia el gran amor del Padre que nos ha enviado a su Hijo amado. La buena noticia de la salvación.

 

Necesitamos hacer caso a Jesús. Creer en él y seguir su evangelio. Sólo así podrán desaparecer los carros de guerra. Sólo así se quebrarán las lanzas y se destruirán las espadas. De otra forma, seguirán campeando y pululando por doquier tantos signos de muerte: violencia, crimen, delincuencia, corrupción, injusticia, destrucción… que crecen y se desencadenan como un cáncer, con muchas formas de metástasis, en nuestra sociedad. 

Para experimentar el gozo se requiere vivir el encuentro con El Hijo amado de Dios. Así nos lo recuerda el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “El Gozo del Evangelio”: La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

Pero para poder vivir el encuentro con él, experimentar ese gozo y que nazca y renazca la alegría es imprescindible un corazón humilde y sencillo. El pasaje del evangelio de san Mateo, que hemos escuchado, refiere una alabanza y acción de gracias de Jesús a su Padre: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las revelado a la gente sencilla.

 

Sólo el pobre y sencillo es capaz de entender la “lógica ilógica” de Jesús. Esa que encontramos en el sermón de la montaña, donde él llama bienaventurados a los pobres, a los humildes, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos…, la “lógica ilógica” de amar a los enemigos, la de poner la otra mejilla cuando se nos golpea la derecha, la “lógica ilógica” de confiar únicamente en la providencia del Padre… Sólo el humilde y sencillo de corazón puede experimentar plenamente el amor de Dios, que es el motivo del gozo infinito, la alegría que nadie nos puede arrebatar.

 

Por eso Jesús alaba y da gracias al Padre: por revelar la salvación a los sencillos, que pueden entender y asumir la “lógica ilógica” de Jesús. Ellos son los fatigados y agobiados que pueden sentir el alivio de su yugo suave y carga ligera. 

 

 

Jesús manso y humilde de corazón, ayúdanos a que aprendamos de ti a ser humildes y sencillos, para que podamos experimentar el gozo de la salvación que nos ofreces con tu Padre, que contigo vive y reina, por siempre.