Homilía del XV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Ayúdanos aceptar esa Palabra. Que caiga en terreno fértil y sepamos producir los frutos que tú esperas de nosotros"

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

16 de julio de 2017

 

Hermanos en Jesús, Palabra eterna del Padre

 

Este domingo iniciamos una parte muy hermosa del evangelio según san Mateo. Se trata del discurso que Jesús dirige a sus discípulos, en parábolas.

 

La Buena Noticia proclamada por Jesús fue ilustrada muchas veces por medio de imágenes y comparaciones.  La parábola es como una mecha que sirve para descubrir una piedra preciosa, expresa un dicho judío. Y es que las imágenes se graban más fijamente en la memoria, que las ideas abstractas. Las parábolas reflejan fiel y claramente la Buena Nueva de Jesús, en las circunstancias reales en que fue anunciada. Dibujan, con mucho colorido, el tiempo y los lugares donde actuó el Señor. El problema es que a veces, por nuestra falta de familiaridad con esos ambientes, no logramos captar toda la riqueza de su contenido y enseñanza.

 

Las parábolas de Jesús ofrecen enseñanzas importantes, de modo sencillo. Expresan la alegría y la certeza que Dios y su reinado están presentes en nuestra vida e historia, a pesar de las dificultades. En ellas Dios nos invita a responder a su generosidad, pero también al riesgo de asumir su Reino y a responder a la provocación y desafío que ellas hacen en la vida de quienes creemos en Jesús y en su enseñanza.

 

Hoy escuchamos la “parábola del sembrador”. Ésta no quiere presentar ciertamente una situación de una siembra rara, o la torpeza de un campesino descuidado que avienta semillas, sin fijarse dónde caen, por desgano o impericia. Más bien se vale de una praxis agrícola palestinense del S. I. En efecto, se echaba la semilla antes de arar la tierra, porque después se le cubría con el mismo arado. Eso explica por qué los granos caen en lugares diversos (el camino que trazan las personas al cruzar el terreno, el terreno pedregoso, los espinos y la tierra buena). Esta forma de sembrar, en la Palestina de tiempos de Jesús, ayuda a dar una enseñanza acerca de lo que sucede con la Palabra del Señor. A pesar de ser siempre la misma, sin embargo corre el riesgo de caer en terrenos diversos, variando su productividad.

 

En la versión del evangelio según san Mateo, la parábola pone de relieve la productividad de la semilla, por eso acentúa el resultado. Si nos fijamos, Mt 13,8, al referir lo producido por la tierra buena (en orden diverso a Mc 4,8), empieza por la cantidad mayor, resaltando más lo producido: …dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. Este cambio de orden no es un simple detalle. San Mateo suele enfocar todo desde el sentido de “plenitud”, puesto que, con la presencia de Jesús, ya estamos viviendo la época plena. Vivimos el tiempo mesiánico. En este ámbito de plenitud, la producción de los frutos tiene más sentido de intensidad que de cantidad. La valoración cualitativa es más importante que la cuantitativa. Así lo exige la plenitud inaugurada por Cristo.

 

Ya el Profeta Isaías anunciaba que la Palabra que saliera de Dios, tendría que volver a quien la pronunció con resultados. Utiliza una imagen: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será a palabra que sale mi boca: no volverá a mi sin resultados, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi misión”. Esa es precisamente la tarea de la Palabra de Dios: llevar a dar resultados. Pero para esto es  absolutamente necesario tener la disposición y colaborar con generosidad, para que la Palabra produzca su fruto.

 

La versión de san Mateo sobre la parábola del sembrador otorga especial relevancia a los que escuchan, es decir a los discípulos, quienes adquieren un gran compromiso. En efecto, san Mateo pone de relieve la comprensión de los discípulos, frente a la ignorancia de los “otros”: Es que a ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos  no... (13,11).

 

Cuando san Mateo escribe su evangelio (por el año 80), existe la preocupación por los pocos resultados de la misión entre los judíos que no aceptan a Jesús como Mesías, ni escuchan su mensaje. De aquí parte san Mateo, para llevar a descubrir a su propia comunidad el privilegio recibido de Dios, al llegar la plenitud, pero también, al mismo tiempo, le señala el riesgo de incurrir en una ofuscación semejante, o hasta peor, que la de Israel. Hace entpnces una fuerte interpelación a la comunidad cristiana, para que tenga mucho cuidado en su respuesta, que consiste básicamente en una actitud de adhesión a la palabra y a la persona del mismo Jesús.

 

Dentro de todo, hay algo no menos importante: aunque el anuncio de la salvación hecho por Jesús posee su propia eficacia interna, sin embargo para que logre su cometido es absolutamente necesaria la participación y colaboración humana. De no ser así, se corre un grande riesgo que, incluso puede alcanzar el efecto contrario. La dureza que llega al extremo de la ofuscación humana provoca que aquello que debiera ser causa de salvación, se convierta entonces en la razón misma por la cual el ser humano puede llegar a su propia auto condena.

 

En efecto, el peor pecado, el que arrastra a la auto condenación, radica precisamente en la obstinación, “porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”.

 

 

Padre de bondad que nos has dado el alimento de tu Palabra en la Escritura y nos has enviado a tu propio Hijo, Palabra eterna que ha tomado nuestra condición y nos ha anunciado lo que ha visto de ti, ayúdanos aceptar esa Palabra. Que caiga en terreno fértil y sepamos producir los frutos que tú esperas de nosotros. Te lo pedimos por intercesión de Aquella que llevó en su vientre purísimo la Palabra encarnada. AMÉN.