Homilía del XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Antes de querer arrancar la mala hierba, la cizaña, debemos ser capaces de mirarnos a nosotros mismos y reconocer nuestras propias miserias"

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

23 de julio de 2017

 

Hermanos en Jesús, paciente y misericordioso

 

El domingo pasado empezamos a escuchar la enseñanza de Jesús en parábolas, en el evangelio de san Mateo. Todas las imágenes que utiliza son elocuentes. Presentan con mucho colorido la instrucción del Señor a sus contemporáneos y a nosotros mismos, a pesar de la distancia de espacio y tiempo.

 

En este domingo nos toca escuchar la llamada “parábola de la cizaña”. La “cizaña” es una planta nociva (familia de las gramíneas), cuyos tallos llegan a crecer más de un metro, surge espontáneamente en el campo, además de que roba los nutrientes a las plantas buenas y no las deja crecer, la harina de su semilla es venenosa.

 

Para entender la parábola es preciso lanzar una mirada a las costumbres de aquellos lugares. En la Palestina de tiempos de Jesús se practicaban tres tipos de agricultura: de llanura (cereales y legumbres, como trigo, cebada, lentejas, etc.), de montaña (vid, olivo e higos) y de zonas semidesérticas (dátiles). Las labores agrícolas se distribuían a lo largo del año. Comenzaba con las labranzas a finales del otoño o en invierno. Estas labores realizadas con un arado tirado por uno o dos animales (nunca asno y buey juntos, prohibido por Dt 22,10), iban seguidas de la primera siembra y luego de la siembra tardía del final del invierno. A continuación llegaba la cosecha: a la del lino seguía la siega de la cebada y luego la del trigo (Ex 9,31-32). A finales de junio llegaba la vendimia y la cosecha de los frutos estivales. Pero tampoco faltaban las maldades entre los agricultores, como la de sembrar “mala semilla” en el campo ajeno.

 

Es en ese contexto en el cual Jesús utiliza la parábola de la cizaña para ilustrar ante todo lo que podríamos llamar “la “paciencia de Dios y la identidad de los hijos del Reino”. En esta misma perspectiva se ubica también la parábola de la red que recoge toda clase de peces. Según esas parábola la presencia del reinado de Dios incluye una dinámica donde se conjuga la “paciencia divina”, ante situaciones difíciles, pero al mismo tiempo tiene lugar la invitación y advertencia a los “hijos del Reino” para que no pierdan su identidad.

 

El Reino de Cristo reclama una necesidad de crecimiento. Los que pertenecen a la comunidad son invitados a entrar en un proceso en el que es importante crecer, pero también conservar su identidad de discípulos, a pesar de muchos elementos negativos que en el presente se encuentran mezclados y que la “paciencia de Dios” permite.

 

Ante la situaciones alarmantes que a diario tienen lugar en la sociedad, hay personas que se preguntan: “¿Por qué Dios permite el mal?” Y cuestionan: “Si Dios es tan poderoso, ¿por qué no acaba con los malvados, con aquellos que causan daño y destruyen a los demás?” En teoría, Dios podría eliminar del mundo a todos los malvados: ladrones, asesinos, secuestradores, narcotraficantes… Sin embargo, Él tiene la paciencia de un auténtico padre, un padre “con rostro materno”. Y ¿qué padre elimina a sus hijos que se portan mal? Por el contrario, un padre o una madre buscan siempre y por todos los medios volver a sus hijos descarriados al camino correcto. Pero requiere de una gran paciencia.

 

La parábola que hemos escuchado, la de la mala semilla sembrada junto a la buena, sirve para poner de manifiesto que la presencia de elementos negativos, quizás no sólo en el mundo en general, sino incluso, en el ámbito propio de la comunidad cristiana, forma parte de un proceso que concluirá sólo con la venida final y gloriosa del Hijo del hombre. Hasta entonces tendrá lugar la separación. Por ahora es preciso coexistir con todos y ser tolerantes. Pero, al mismo tiempo, el discípulo deberá conservar su identidad, sin dejarse contagiar por la mala semilla. Aunque estorba e incomoda, no se puede ni debe intentar arrancar la mala hierba.

 

La parábola de la cizaña presenta una situación anormal en la siembra. El propietario no es culpable de la presencia de la cizaña. Sólo con la segunda pregunta de los siervos, si deben arrancar la mala hierba (v. 28b) se menciona el problema verdadero: al recoger la cizaña se puede arrancar también el trigo. Hay que esperar hasta el final.

 

A pesar de todas las peripecias que presenta la narración, el final que dibuja alienta y llena de esperanza. Los destinatarios de entonces veían, como nosotros mismos vemos ahora que si bien es cierto que en el momento presente es innegable la presencia de muchos elementos negativos no sólo en el mundo en general, sino lo que es peor, incluso dentro de la misma comunidad cristiana, es preciso entender y asumir la “paciencia de Dios”. Por ahora es necesario convivir “buenos y malos” (cf. Mt 22,10), hasta el momento decisivo.    

 

Para lograr entender un poco ese proceder “desconcertante” de Dios, es preciso salir de nuestra lógica y de nuestros esquemas humanos, muchas veces egoístas y mirar con la visión de quien es misericordioso, tal como nos recuerda el libro de la Sabiduría: “… y por ser el Señor de todos, eres misericordioso con todos… Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza… Con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano, y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”.

 

Sólo quien se reconoce pecador y necesitado del perdón de Dios es capaz de entender esa “lógica del amor”. El que se tiene por justo y mira a los demás con desprecio, puede incurrir en la actitud de ciertos fariseos que, por su soberbia, no lograron experimentar el amor de Dios presente en su Hijo amado, o caer en el error de violentar la paciencia divina, queriendo arrancar la cizaña, muchas veces incluso a costa de arrancar también el trigo.

 

Por eso también hoy el Señor nos ha interpelado para centrar primero nuestra atención en las propias faltas y debilidades. En efecto san Pablo nos ha dicho que es el Espíritu quien “nos ayuda en nuestra debilidad”, porque nosotros ni siquiera  “sabemos pedir lo que nos conviene”. Antes de querer arrancar la mala hierba, la cizaña, debemos ser capaces de mirarnos a nosotros mismos y reconocer nuestras propias miserias.

 

Por eso hoy también oramos con las palabras del Salmo 85: “puesto que eres, Señor, bueno y clemente y todo amor con quien tu nombre invoca, escucha mi oración y a mi súplica da respuesta pronta… Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, ten compasión de mi, pues clamo a ti Señor a toda hora”.