Homilía del XVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Padre nuestro, enséñanos a buscar tu sabiduría para poner tu Reino y su justicia en el centro y como el valor supremo de nuestra vida"

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

30 de julio de 2017

 

Hermanos en Jesucristo, Sabiduría del Padre  

 

En distintos ambientes de trabajo, estudio, deporte… se implementan programas “de desarrollo humano”. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), define así a aquello que sitúa a las personas en el centro de su propio desarrollo, fomenta su promoción, el aumento de sus posibilidades y el disfrute de su libertad. A veces se asocia también con la calidad de vida de las personas.

 

El desarrollo humano, según ese programa,implica satisfacer las necesidades humanas, que han sido clasificadas por el sicólogo A. Maslow, en una especie de pirámide, en la cual la persona debe satisfacer desde las necesidades fisiológicas básicas, hasta la “autorrealización”, la más importante. A partir de esa jerarquización de necesidades, Maslow sostiene que conforme se satisfacen las más básicas (inferior de la pirámide), las personas desarrollan las más elevadas (parte superior). El nivel más alto lo llama “necesidad de ser” y “autorrealización”. Sería la necesidad sicológica más elevada. A través de su satisfacción se podría encontrar sentido válido a la vida, mediante el desarrollo potencial de una actividad. Se llega a ésta cuando todos los niveles anteriores han sido alcanzados y completados, al menos hasta cierto punto.

 

Quizás Maslow tenga razón en algunas afirmaciones, como el descubrir al ser humano en crecimiento y buscando alcanzar la satisfacción de sus necesidades más elevadas. Sin embargo la pregunta es: ¿La llamada “autorrealización” constituye realmente la meta más alta a la que aspiramos? ¿No hay algo que pueda dar mayor felicidad a las personas que la satisfacción de sus propias necesidades?

Hoy la Palabra de Dios nos dice algo más. El primer libro de los Reyes nos narra una experiencia más allá de toda expectativa humana ordinaria, la de un joven e inexperto rey que acaba de asumir la responsabilidad de gobernar a su pueblo. El Señor se le apareció en sueños a Salomón y le ofreció: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Se trata de un ofrecimiento totalmente fuera de lo común. Pero de manera también increíble, el joven rey no pidió a Dios lo que se hubiese esperado: poder, conquistas para ensanchar su territorio, larga vida, riquezas o la muerte de sus enemigos… Salomón sólo pidió a Dios “sabiduría de corazón para gobernar a su pueblo y distinguir entre el bien y el mal”.

 

Esa petición está más allá de toda búsqueda de satisfacción de necesidades humanas, superando con mucho la pirámide de Maslow. La sabiduría que pide Salomón supera la búsqueda de beneficios y satisfacciones individuales. Aunque la sabiduría es un bien personal, sin embargo ella no es sólo para el servicio y la satisfacción individual, sino que se abre al bien de las demás personas. Salomón, libre de afanes egoístas, logra descubrir que la sabiduría que pide a Dios tiene como fin último  gobernar bien a su pueblo, lo que redunda en bien de todos. Esto es lo que agrada a Dios, quien le concede “un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes, ni lo habrá después”. Además le dio lo que no le había pedido, “tanta gloria y riqueza que ningún rey se le pudo comparar”. La sabiduría es el “bien mayor” porque beneficia a todos.

 

Estos domingos hemos venido escuchando las parábolas de Jesús, en el evangelio de san Mateo. Hoy llegamos al final de este discurso parabólico, con otras más, entre las que destacan dos:

 

Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo y con un comerciante en perlas finas. Dos parábolas muy cercanas: Las dos imágenes subrayan la radicalidad que el Señor pide a sus discípulos y señala la necesidad de una opción fundamental unida al gozo por el hallazgo. “Tesoro” y “perlas” designan riquezas, un gran valor, y que no puede dejar indiferente a nadie, sino que exige un compromiso radical y absoluto.

   

En la parábola “del tesoro escondido en un campo”, la imagen alude a una vasija de arcilla con monedas o piedras preciosas. En razón de las múltiples guerras ocurridas en Palestina y sus alrededores (como consecuencia de su posición geográfica, entre Mesopotamia y Egipto), muchas personas se vieron en la necesidad de esconder lo más valioso que tenían cuando el peligro era inminente. Pasada la amenaza, algunos tesoros fueron desenterrados, pero en ocasiones quedaron ocultos, hasta que después de mucho alguien tenía la suerte de hallarlos. El hombre que encuentra el tesoro, quizás un pobre jornalero que trabaja un campo ajeno, no lo saca inmediatamente, sino que vuelve a esconderlo. No intenta extraerlo de modo ventajoso. Más bien, “lleno de alegría” por haberlo encontrado, relativiza todo para adquirir aquello que considera de mayor valor.

 

Todo es sorprendente e inesperado. El hombre afortunado no tiene prisa. Vuele a esconder el tesoro, vende sus posesiones y adquiere el campo. Esconderlo de nuevo tiene relevancia, pues el tesoro no puede ser arrebatado o robado. El hombre procede con rectitud y adquiere el campo en modo legal. El énfasis recae en “vender todo lo que tiene” para comprar el campo. Esta última acción concluye la enseñanza. Ya no se dice, aunque se supone, que una vez que el campo es propiedad suya, el hombre desentierra el tesoro. Vender todo para la adquirir el campo es la acción principal.  

La otra parábola se mueve en la misma línea: “También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra”. Ya no se trata de un pobre jornalero, sino de un comerciante acaudalado, dispuesto a invertir su capital en algo valioso. A diferencia del agricultor que sin buscar encuentra por azar un tesoro, el comerciante “anda buscando” a propósito  perlas preciosas. Mientras que el caso del tesoro escondido el encuentro ocurre de manera fortuita e inesperada, en el del mercader, el hallazgo es la consecuencia esperada de la búsqueda.

 

Sin embargo, las dos parábolas convergen en lo esencial: cada uno de los personajes hace exactamente lo mismo: va, vende todo lo que tiene y compra. Estos detalles alcanzan un gran significado en el contexto de la enseñanza, pues quienes descubren el “valor absoluto” del Reino relativizan todo frente a lo que han descubierto como bien supremo. La opción por el Reino implica una opción fundamental absoluta, que involucra la totalidad de la existencia humana.

 

Para Salomón el bien supremo, que agradó a Dios, fue la sabiduría, para los discípulos de Jesús es la opción por el Reino, es decir, aceptar la soberanía de Dios como lo fundamental y más importante en nuestra vida. Todo lo demás queda relativizado ante ese bien supremo y así podrá, como dice san Pablo, contribuir para nuestro bien.

 

La pregunta para nosotros es: ¿Cuál es para mí el bien supremo?, ¿la búsqueda del reinado de Dios es lo absoluto y lo que determina mi vida?, o ¿es algo distinto?

 

 

Padre nuestro, enséñanos a buscar tu sabiduría para poner tu Reino y su justicia en el centro y como el valor supremo de nuestra vida, y desde allí dimensionar todo lo demás, en su justo valor. Que amando a Dios por encima de todo, todo eso contribuya para nuestro bien. Amén