Homilía del XIX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Ven Señor en ayuda de nuestras fragilidades humanas y cuando sintamos que nuestra barca es azotada por los vientos contrarios y sacudida por las olas, haz que no olvidemos que tú vienes a nuestro encue

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

13 de agosto de 2017

 

Hermanos en Jesucristo, nuestra única y total seguridad

 

Hace años, cuando la catequesis se reducía al aprendizaje de algunas preguntas y respuestas, casi siempre en vistas a la preparación para la primera comunión, una típica de ellas era: “¿Dónde está Dios?” Las respuestas rezaban más o menos así: “Dios está en todas partes”, “en el cielo, en la tierra y en todo lugar”… Así lo aprendimos de memoria muchos de nosotros, pero tantas veces esto fue sólo un aprendizaje teórico, abstracto y sin mayor trascendencia para la vida.

 

“¿Dónde está Dios?” Es más bien una pregunta que no pide una fórmula aprendida de memoria, sino que exige ser respondida en cada momento de la vida. Dicho de otro modo, ésta es una pregunta existencial y que muchas personas se hacen sobre todo en circunstancias difíciles, como la enfermedad o la desgracia, un accidente, el fallecimiento de un ser querido, etc. Es entonces cuando preguntamos: “¿Y dónde está Dios?” No bastan respuestas teóricas de catecismo. Es preciso otro tipo de respuesta. Y es a ésta a lo que nos orienta precisamente la Palabra de Dios que hemos escuchado. 

 

La primera lectura nos presenta un pasaje del primer libro de los Reyes, el llamado “Ciclo de Elías”. Aquí ocurre el enfrentamiento del Profeta con la monarquía de Israel, apartada de los caminos del Señor, y señala el cumplimiento infalible de la Palabra divina. En su primera aparición (1 Re 17-19) Elías, anuncia la sequía como castigo por la idolatría. Después de desafiar y vencer a los falsos profetas de Baal, en el Monte Carmelo, y una vez que termina la sequía, Elías tiene que salir huyendo de la furia del rey Ajab y de su impía esposa Jezabel, quienes intentan matarlo. Caminó cuarenta días y cuarenta noches y, con la fuerza del alimento que tomó, llegó hasta el Horeb, la montaña donde Dios se había manifestado a Moisés (Ex 3; 19; 33).

 

Elías va pues al lugar sagrado de las manifestaciones de Dios, pero ahora sucederá de modo diferente al que ocurrió con Moisés. Elías entró en una cueva y estuvo allí hasta que recibió la orden de salir, y ser testigo de la presencia de Dios. Y es aquí donde está la sorpresa: “Vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego”. Llama la atención que en esa misma montaña del Horeb Dios se había manifestado a Moisés en medio de fenómenos extraordinarios. Pero ahora no es así. Elías pudo preguntarse, entonces: “¿Dónde está Dios?” Él se ha manifestado en medio tormentas, vientos, truenos (las llamadas “teofanías”). ¿Por qué el Señor no se manifiesta así ahora?

 

“Después del fuego se escuchó el murmullo de una suave brisa”, algo con apariencia tan pequeño e insignificante, algo que pareciera no tener mayor significado ni trascendencia, porque es tan ordinario y sencillo. Sin embargo Dios estaba allí. Por eso Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva. Entonces es cuando puede comenzar el diálogo entre Dios y su enviado. Esta suave e brisa es el símbolo de la intimidad que el Señor mantiene con su Profeta. Es allí donde tiene lugar el encuentro. Si bien es cierto que Dios tiene toda la libertad de manifestarse por medio de fenómenos asombrosos, como hizo con Moisés, lo más relevante es que Él está presente, de manera cercana y amorosa, comparable aquí con el murmullo de la suave brisa. Dios está aquí también, en lo que parece tan ordinario y anodino, en lo que tiene apariencia de insignificante, en la cotidianidad de la vida. Lo fundamental es saber descubrirlo.

 

El problema es que muchas veces no somos capaces de percibir su presencia en medio de nosotros, de una o de otra forma, a veces por la simpleza, pero también a veces por el asombro que desconcierta e, incluso corremos el riesgo de confundirlo. Ésta es lo que nos presenta hoy san Mateo, en este pasaje de su evangelio.

 

Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús pide a sus discípulos que suban a una barca para dirigirse a la otra orilla. Una vez que despidió a la gente, Jesús se fue al monte a orar. El evangelio narra que “entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían porque el viento era contrario”.

 

El lago de Galilea se cuenta entre los más grandes del mundo, por eso se le llamó también “mar” de Galilea o de Tiberíades: tiene 21 km. de longitud norte-sur y 13 km de longitud este-oeste, con una profundidad máxima de 48 ms, con un perímetro de 53 km y su superficie tiene un tamaño de unos 165 km². El hecho de que se encuentre en un entorno montañoso, especialmente por el norte y, sobre todo, la profunda depresión de la superficie de este lago, a más de 200 m. por debajo del Mar Mediterráneo, crea con frecuencia una inestabilidad en el clima, normalmente caluroso y tranquilo, que se traduce en la presencia inesperada de fuertes vientos, que encrespan las olas, las cuales en ocasiones pueden sobrepasar hasta los 2 ms. de altura.

 

San Mateo apunta: “A la madrugada Jesús fue hacia ellos caminando sobre el agua”. Un hecho sin duda asombroso y fuera de lo común, pero lo más importante es ante todo descubrir a Jesús que se acerca, sin embargo ellos no fueron capaces de descubrirlo, por lo menos en un principio. “Los discípulos al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían, ¡es un fantasma! Y daban gritos de terror”.

 

En medio de lo encrespado del lago viene Jesús hacia sus discípulos, se les acerca, pero no logran descubrirlo y lo confunden con un fantasma. La escena puede parecer un tanto pueril, sin embargo representa algo que a menudo ocurre en nuestra vida: cuando preguntamos “¿dónde está el Señor?”, y él viene a nuestro encuentro. Pero muchas veces lo confundimos con una ilusión, con un fantasma, no atinamos a descubrir su presencia tan cercana, viniendo hacia nosotros, a nuestro encuentro.

 

Cuando Jesús los tranquiliza y les dice que no es un fantasma, sino él mismo quien se acerca a ellos, Pedro, al percatarse que es el Maestro, le pide ir a su encuentro, caminando también sobre las aguas. Jesús se lo concede. Pero surge otro problema: “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: ¡Sálvame, Señor!”. Jesús de nuevo acude en su ayuda, le da la mano para sostenerlo, pero también le reprocha: “Hombre de poca fe, por qué dudaste”.

 

Desde los primeros siglos este pasaje fue interpretado no sólo como un hecho sucedido en el tiempo en que Jesús predicó en Galilea, sino como un relato emblemático y aplicable a todos los tiempos. La barca en la que se encontraban los discípulos, atacada en la noche por los vientos contarios y sacudida por las olas, representa a la comunidad cristiana, tantas veces navegando de noche y bajo el impacto de esos vientos contrarios y olas implacables. A pesar de esto es preciso no tener miedo y saber descubrir a Jesús presente, cercano, viniendo a nuestro encuentro, dándonos la mano para no sucumbir, pero también nos interpela ante nuestras vacilaciones y falta de fe. El llamado que nos hace el evangelio es a creer que Jesús es en verdad el Hijo de Dios, y que esta profesión de fe sea hecha no sólo de palabra, sino con el testimonio de cada día, siendo portadores gozosos del evangelio, sin dudas ni temores.

 

 

Señor, enséñanos a descubrirte en nuestra vida, a convencernos que estás con nosotros, en lo asombroso y extraordinario, pero también en lo tan cotidiano que no parece trascendente. Ven en ayuda de nuestras fragilidades humanas y cuando sintamos que nuestra barca es azotada por los vientos contrarios y sacudida por las olas, haz que no olvidemos que tú vienes a nuestro encuentro para estar con nosotros y así postrados ante ti digamos también: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. AMÉN.