Homilía del XX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Ayúdanos a saber responder a tan grande expresión de tu amor, a no excluir a nadie de tus hijos y a ser testigos de tu salvación"

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

20 de agosto de 2017

 

Hermanos en Cristo, que ha derribado toda barrera de separación

 

Desde tiempos primitivos, cuando los seres humanos vivían en cuevas y se alimentaban de la recolección, de la caza y de la pesca, formaron agrupaciones. Cada una de éstas tenía lugar en razón de los vínculos naturales de la sangre, padres, hijos, hermanos, nietos… Buscaban protegerse y sumar fuerzas para conseguir el alimento. Surgieron clanes y tribus que, entre otras cosas, se caracterizaban por su índole particular y cerrada. Así como nació el sentido de pertenencia a un determinado grupo, también propició la rivalidad hacia otros y las frecuentes luchas tribales.

 

Desde aquellos tiempos remotos, muchos comportamientos humanos no han cambiado demasiado. Hoy como ayer el sentido de pertenencia a una familia, pueblo, país… es absolutamente normal y legítimo. Pero, por desgracia cuando esa pertenencia se polariza, se generan rivalidades. Lo vemos con toda claridad en los conflictos que a diario se suscitan en muchos lugares como la guerra entre israelitas y palestinos, las luchas entre grupos rivales en Siria, Egipto, los conflictos étnicos en África, las polarizaciones en Venezuela, los muros en las fronteras, como pretende a toda costa el Presidente Norteamericano... Si analizamos con detenimiento estas lamentables situaciones, no sólo no hemos avanzado en relación a los tiempos primitivos, sino que incluso se ha sofisticado la rivalidad, haciéndola más inhumana.

 

Sin ir lejos, a veces nosotros mismos adoptamos actitudes de esa índole. En ocasiones nuestra forma de actuar es hostil e intolerante respecto a quienes “no pertenecen a nuestros grupos”, hacia quienes no son de nuestro círculo de amigos, familiares o no son miembros de nuestro club, colonia, ciudad, partido político e, incluso, hacia quienes no son de nuestra parroquia. Cuántas ocasiones a aquellos que no colaboran o cooperan para nuestras mismas causas, los vemos como intrusos, extranjeros y hasta indeseables… ¿Qué es lo que nos dice al respecto la Palabra del Señor que hemos escuchado este domingo?

 

El libro del Profeta Isaías hace un anuncio totalmente inusitado para su tiempo, alrededor del s. VI a.C.: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia… A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos a mi altar, porque mi templo será casa de oración para todos los pueblos”

 

El mensaje de Isaías es inédito. El Antiguo Testamento suele referirse a bendiciones y beneficios casi exclusivamente para Israel, el elegido de las promesas de Dios. Sin embargo Isaías presenta un maravilloso universalismo. La salvación de Dios se abre a los excluidos de la alianza. También los extranjeros pueden tener parte. Es asombroso.

 

El mismo san Pablo, nacido en el ámbito de una familia judía, radicada en Tarso de Cilicia, y educado en la observancia de los mandamientos y preceptos de la Ley, dirigiéndose a los cristianos de Roma, es decir a los que no tienen su mismo origen, pero entre quienes ejerce su ministerio, les dice que trata de desempeñar lo mejor posible ese mismo ministerio entre ellos. Además, con este mismo ejercicio, busca  despertar celos a los de su raza, para conducirlos también a la salvación. Les recuerda que los cristianos de Roma, en su vida anterior a la conversión eran rebeldes contra Dios, pero que ahora han alcanzado la misericordia del mismo Dios, misericordia que ha sido más evidente por la rebeldía de sus hermanos de raza y religión judía, de quienes espera también su conversión y con ello la misericordia.

 

Tanto la alegría con la que serán llenados los extranjeros de los que habla el Profeta Isaías, como la misericordia que han encontrado los cristianos de Roma, antes paganos, vienen directamente de Dios. Es Él quien despliega su amor paterno y acoge a los que no pertenecen a los “grupos oficiales”. Dios, lejos de hacer distinciones discriminatorias, invita a todos a experimentar su infinita bondad, de modo especial a los que se encuentran más alejados.

 

Ante esto, parece desconcertante lo que escuchamos en el Evangelio, de labios del propio Jesús, cuando “una mujer cananea la salió a su encuentro y se puso a gritar: ‘Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio’”. Sin embargo no existe tal contradicción.

 

La retirada de Jesús a la región de Tiro y Sidón otorga ya un matiz particular al relato del evangelio. Se trata de un alejamiento de la tierra de Israel para entrar en la región de la Fenicia pagana (en Tiro desde cerca de 2300 años antes existía un famoso templo dedicado a Hércules, lo que evidencia su carácter pagano). En eso aparece gritando una mujer designada como “cananea”. La súplica de esta persona incluye un reconocimiento de la condición mesiánica de Jesús y una petición a favor de su hija.

 

En un primer momento Jesús no responde. San Mateo narra que él se quedó callado, como si ignorase a esa mujer extranjera. Cuando los discípulos le pidieron que la atendiera lo hace pero de modo áspero, marcando el énfasis en la prioridad que tiene Israel en el plan de salvación de Dios (como en Mt 10,5-6). La expresión, puesta en los labios de Jesús parece demasiado fuerte, incluso puede sonar hasta ofensiva: “No está bien quitarles el pan a los hijos para dárselo a los perritos”. Parece impropia en labios del Señor que ha predicado misericordia y hasta amor a los enemigos. Sin embargo esta circunstancia es una maravillosa oportunidad para dar una gran enseñanza no solo a la mujer cananea, sino a los discípulos y a todos los que a lo largo de la historia han leído y leemos el evangelio. 

 

La fe de la mujer extranjera y pagana es edificante y un ejemplo para todos. Este pasaje del evangelio enseña que cuando tiene lugar la fe en Jesús, no se puede ya negar la entrada en el proyecto de salvación de Dios en su Hijo Jesucristo. La fe es la única condición para ser acogido por Dios y experimentar todo su amor. La respuesta de la mujer, “también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”, es digna de alabanza, como para escribirse con letras de oro, ya que es modelo de humildad, disposición y adhesión total a quien ella reconoce como un enviado de Dios.

 

Por tanto, no es que Jesús la haya rechazado. Más bien utiliza esta circunstancia como recurso pedagógico para presentar una enseñanza muy importante sobre la fe. Al final de todo, gracias a esa fe, la mujer extranjera y pagana no sólo recibe el favor que pidió sino que ha llegado a ser un modelo de creyente

        

Padre de bondad, que quieres que todos, sin excepción de razas pueblos o culturas, se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, gracias por darnos la oportunidad de creer en ti, también a nosotros que no somos descendientes del pueblo judío, que aun habiendo nacido como extranjeros y advenedizos, nos has llamado para hacernos participes de tu misericordia y de la alegría de la salvación. Ayúdanos a saber responder a tan grande expresión de tu amor, a no excluir a nadie de tus hijos y a ser testigos de tu salvación. AMÉN.