Homilía del XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo"

XXI Domingo del Tiempo Ordinario

27 de agosto de 2017

 

Hermanos en Jesús, nuestro Mesías, el Hijo del Dios vivo

 

El tema de la imagen se ha vuelto interesante en la actualidad. Muchos se preocupan de ella, incluso exageradamente. Se invierten cantidades importantes para el fomento de la “buena imagen”, aunque con frecuencia todo quede allí, en la sola impresión y hasta manipulación.

 

San Mateo refiere que Jesús ha llegado a la mitad de su camino hacia Jerusalén. Después de haber dado de comer a miles de personas y de haber sanado a la hija de la mujer cananea; después de haber vencido las tempestades, pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” No es que Jesús esté muy interesado en las encuestas de opinión sobre su imagen, mucho menos busca mover las masas hacia sus intereses, sino todo lo contrario: quiere hacer entender a sus discípulos que más allá de las imágenes y apariencias lo que en verdad importa es el encuentro con Él y asumir los valores del Reino.

 

Las respuestas son todas positivas pero inexactas. Resultaba siempre elogioso comparar a una persona con Juan el Bautista, con Jeremías o con alguno de los profetas. Podríamos decir que la opinión que tenía la gente era bastante buena, pero nadie sabía con exactitud quién era en realidad Jesús. Hasta ese momento ninguno tenía, ni podía tener, una idea clara de quién era en realidad “el Nazareno”.

 

Por una parte existía un fuerte contraste entre las pretensiones de aquellas personas que esperaban un Mesías poderoso, un guerrero victorioso e invencible, con la actitud sencilla de servicio, entrega y humildad que escoge Jesús. La gente dice que Jesús es un profeta, pero no como muchos lo esperaban, según las expectativas creadas.

 

Sin aprobar o desaprobar lo que dice la gente, Jesús interroga a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” La respuesta de Pedro es certera y exacta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Sin embargo él mismo no logra a entender el alcance de sus palabras. Pedro afirma correctamente quién es Jesús, pero todavía está muy lejos de entender su real y auténtica condición mesiánica y asumir sus valores y su forma de vivir. No entiende que ser Mesías significa padecer, morir y resucitar. Poco a poco lo va a ir comprendiendo, pero primero tendrá que cambiar profundamente su corazón para amoldarlo al de su Maestro Jesús.

 

Tampoco se hace esperar la respuesta de aprobación de Jesús a Pedro; es más le brinda una bienaventuranza: “¡Dichoso tu Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos!” Añade además una misión y una promesa doble a este discípulo por su audaz respuesta: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia: Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado…”

 

La pregunta de Jesús de ningún modo queda sólo en el pasado. Hoy, más que nunca, está presente y reclama una respuesta, no teórica, sino existencial, es decir con la propia vida. “¿Y quién dicen ustedes que soy yo?” resulta una pregunta comprometedora, por eso algunos ni la queremos escuchar. Pero si lo hacemos descubrimos que es una pregunta surgida del amor sincero que Jesús tiene por nosotros.

 

Pero, ¿quién es en realidad Jesús para mí? Quizás respuestas de catecismo todos tenemos alguna. Pero no es una pregunta de historia. Muchos ateos conocen acerca de Jesús. Tantos fariseos que le espiaban se sabían todo de Él. Incluso hay quienes aducen palabras de Jesús para reforzar sus propias ideologías o para justificar sus pretensiones tantas veces ajenas a la enseñanza del Maestro.

 

Por otra parte, es triste constatar que muchos que se dicen católicos o cristianos no son coherentes con la “confesión de su fe”. Teóricamente le dicen a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador…”, pero son insensibles ante las injusticias, atentan contra sus hermanos, se involucran con lo que es contrario al Reino que Jesús vino a anunciar, asumen criterios contra la vida, se dan al libertinaje, etc. Así ocurre la paradoja de quienes afirman ser “católicos”, pero no asumen la construcción del Reino, la lucha por la verdad y la justicia. A Jesús no le interesa una imagen o una respuesta de encuesta, sino una respuesta con la vida.

 

Es fuerte el reproche de Isaías contra quien debiera ser un servidor de Dios. Ha abusado del poder y siendo sólo mayordomo de palacio es arrogante, se ostenta como rey, comete arbitrariedades y desprecia al Señor. Quien debía servir y cuidar al pueblo, se convierte en su tirano y opresor. El Señor lo rechaza y presenta un nuevo servidor a quien entregará las llaves del palacio y lo hace firme como un “clavo en el muro”. Estas palabras tajantes de Dios denotan el límite de su divina paciencia. Han de resonar en nuestros propios oídos como la justa amenaza del Dios bondadoso, pero que precisamente por ser así, llama al buen camino, incluso, si es preciso, con serias amenazas.  

 

La genuina confesión de fe es compromiso a la vez. Pedro, al hacerla, tiene que iniciar un largo camino de aprendizaje junto a Jesús. Tiene que descubrir todo lo que significa esta confesión, hasta entregar su vida, como lo ha hecho el mismo Jesús. Sólo así podrá realmente hacer uso de las llaves que recibió. También cada uno de nosotros tendremos que hacer un espacio para dejarnos cuestionar por Jesús: “Tú, ¿quién dices que soy?” Acerquémonos hasta Él y dialoguemos en confianza, haciendo una confesión sincera de fe, pero poniendo ante Él nuestros criterios y prioridades, confrontándolas con las exigencias del Reino. Él nos ayudará a descubrir nuestras heridas y nuestras contradicciones. Nos hará ver si nuestro corazón está respondiendo a la revelación que hace nuestro Padre Dios, o si más bien seguimos los criterios del mundo que nos envuelven en sus mentiras y falsedades. Hagamos un alto en el camino y atrevámonos a responder sinceramente quién es Jesús para nosotros,  y después confrontémoslo con la vida para ver si son realidad nuestras palabras. ¿Vivimos lo que decimos creer? ¿Se puede ver en nuestro actuar la relación personal que tenemos con Él? No tengamos miedo, abramos las puertas de par en par a Cristo.

 

Si no nos hemos dejado cuestionar o si alguna vez lo hicimos pero ya lo hemos olvidado o abandonado, es el momento de volver a Él, como nos invita el Papa Francisco, Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso... Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia.