Homilía del XXII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Enséñanos a entender bien lo que significa seguir a tu Hijo por el camino de la cruz, hacia la participación de tu gloria. Amén"

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

03 de septiembre de 2017

Hermanos en Jesús, nuestro Mesías, que nos ha salvado mediante su cruz y resurrección

La Palabra de Dios en este domingo nos coloca frente a una disyuntiva: o seguir los caminos de Dios o los criterios del mundo. Jesús reprocha a Pedro porque trata de disuadirlo para que no asuma el sufrimiento, la cruz, la muerte y la resurrección y para que no cumpla la voluntad del Padre en la misión que le ha dado. El reproche tiene lugar porque ese “modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. Por su parte, san Pablo también exhorta a los cristianos de Roma para que “no se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. El Profeta Jeremías exclama que “se ha dejado seducir” por Dios, es decir ha aceptado su Palabra y la misión de proclamar su mensaje, pero se queja de que los hombres se resisten a aceptarlo.

Por tanto, las tres lecturas de la liturgia de este domingo ponen en evidencia que la forma de actuar de Dios se aleja de los criterios ambiciosos y egoístas que muchas veces rigen en la vida de los seres humanos, los cuales distan mucho de los de Dios. Mientras los humanos buscan confort, placer, poder, privilegios, prerrogativas… Dios y su Mesías miran y actúan desde lo que parece pequeño e insignificante e, incluso, despreciable.

San Mateo narra cómo Jesús, después de discutir con algunos fariseos y saduceos (15,1-16,4), advierte a sus discípulos que tengan cuidado con la “levadura” de los fariseos y saduceos, es decir que se cuiden de sus enseñanzas y acciones y les llama para que crean sin vacilar (16,5). Llegando a o Cesarea de Filipo, Jesús les pregunta acerca de quién dice la gente, pero sobre todo, quien dicen ellos que es él. La respuesta de Pedro la escuchamos en el pasaje del evangelio que proclamamos el domingo pasado: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Esta respuesta se gana una bienaventuranza, incluso Pedro recibe la promesa de ser depositario de las llaves del Reino de los cielos para atar y desatar.

Sin embargo la narración del evangelio da un vuelco tremendo. Primero, Jesús pide a sus discípulos que no digan a nadie que él es el Mesías, lo cual no es extraño, pues no quiere una mala comprensión de su mesianismo. Entonces él empieza a revelar cuál es la naturaleza de ese mesianismo. Les anuncia que “tenía que ir a Jerusalén para padecer allá mucho… que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. Estas palabras del Señor impactan demasiado a sus seguidores, quienes al escucharlas sufren desánimo y desilusión… Quizás por esto Pedro no duda en intervenir. Se lleva aparte a Jesús para tratar de disuadirlo, es decir para convencerlo que esa no podía, de ningún modo, ser la suerte de su Maestro.

La actitud de Pedro parece bien intencionada y sus palabras sensatas: “No lo permita Dios, Señor, eso no te puede suceder”. El apóstol quiere evitar ese camino sufriente del Señor, lo cual en sí mismo no tendría nada de malo. Todo lo contrario, parece una deferencia amable hacia su Maestro. Sin embargo Jesús le responde de manera muy dura: “Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino”. ¿Es exagerada esta expresión de Jesús, cuando lo acaba de llamar bienaventurado? ¿Tan fácil es el paso de la bienaventuranza a la condición de Satanás? Así ocurre en el evangelio y así puede ocurrir con nosotros.

Pedro actúa con buena intención. Pretende ofrecer un gesto de aprecio a su Señor. Sin embargo el problema es que no ha entendido el genuino carácter del Mesías. Él había recibido alabanza al confesar que Jesús era el Mesías, y se muestra orgulloso y seguro al proclamarlo como Hijo de Dios vivo. Tiene toda la verdad, pero nunca se imagina que el camino del Mesías será a través de un enfrentamiento a muerte con los poderes de este mundo, hasta verse excluido, marginado y condenado. Pedro todavía tiene que entender que el camino de Jesús no es el camino de los éxitos mundanos, los triunfos, del poder y de la fama. Por el contrario, el camino de Jesús es el camino del servicio, de la entrega, del sacrificio. Por eso se gana la dura reprimenda: “Apártate de mi, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios sino el de los hombres”. Pasa de la alabanza, del “dichoso tu Simón.. Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Yo te daré las llaves del Reino de los cielos”. El contraste es demasiado fuerte, pero necesario en su aprendizaje como discípulo. Ha pasado de ser “roca donde se edifica la Iglesia” a ser “piedra de tropiezo”.

Sin embargo, la lección no es sólo para Pedro. Es para todos los discípulos, incluidos nosotros mismos. A muchos nos gusta vitorear a Jesús, pero, como a Pedro, nos cuesta entender que la misión salvadora de Jesús se realiza mediante el sufrimiento, el aparente fracaso y la muerte. Como a Jeremías, el Señor puede fascinarnos y podemos dejarnos “seducir” por él, pero cuando Jesús nos deja ver las implicaciones y consecuencias de participar en su misión, nos da temor y buscamos volver a los criterios del mundo, pues anunciar la palabra del Señor nos hace objeto de burlas.

Jesús no fomenta ni busca el sufrimiento, con sentido masoquista, ni para Él ni para los demás, como si éste encerrara en sí mismo algo especialmente grato a Dios, como si un padre quisiera el sufrimiento y no el bien de sus hijos. Al contrario, él busca aliviar el sufrimiento de las personas, la enfermedad, las penas, pero ante todo busca aliviar el sufrimiento más grande, el que es ocasionado por el mayor de todos los males, el pecado. Y para llevar a cabo este misterio de redención, es decir, de rescate, ha optado por algo impensable en los criterios del mundo, la cruz de su Hijo.

La cruz rebasa la lógica del mundo. Se ubica por encima de los criterios y valores con los que se rigen las conductas humanas. La cruz es la imagen más clara y fehaciente del amor de aquel que nos amó hasta el extremo. No es sólo la imagen del suplicio de un condenado a muerte. Es la expresión más emblemática de la donación del que por amor entregó su vida, para rescatarnos a quienes nos encontrábamos bajo el yugo del pecado y de la muerte. Pero no es fácil entender esto. Los discípulos de Jesús y el mismo Pedro, antes llamado bienaventurado, no lo entendieron al principio. Fueron descubriéndolo mediante un aprendizaje paulatino, en la medida en que fueron abandonando los “criterios de este mundo” para ir adquiriendo y creciendo en los principios del propio Jesús, que son los del Padre. Ciertamente la cruz no es la meta, pero sí es el camino hacia la resurrección y hacia la participación en la gloria.

Cristo nos enseña el verdadero valor de la persona, que no se encuadrada en las barreras que le ponen los valores e intereses mundanos del utilitarismo, triunfalismo, el orgullo y la vanagloria. La propuesta de Jesús es construir un mundo de hermanos, un mundo de dignidad, un mundo que se reconozca amado por Dios. Y por querer construir este mundo, Jesús se encontró con el sufrimiento y el rechazo. Sus discípulos asumirán también esa cruz que nace del seguimiento fiel al Señor. Es posible ese otro mundo, pero para lograrlo hay sufrimientos, rechazos, conflictos y cruz que el cristiano ha de asumir siempre, pero sólo así será posible una vida plena.

Cuando rechazamos vivir la dinámica de la cruz volvemos la mirada a los criterios mundanos, ajenos a los que anuncia y enseña el propio Jesús. Parecería una pesada cruz, pero es una cruz que da vida y más si lo hacemos al estilo de Jesús: por amor, con amor y en el amor.

Padre lleno de bondad, de quien procede todo lo bueno, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que descubriendo la vida que nos trae la cruz de Jesús, la llevemos con alegría y fidelidad para construir su Reino de Amor. Enséñanos a entender bien lo que significa seguir a tu Hijo por el camino de la cruz, hacia la participación de tu gloria. Amén.