Homilía del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "El centinela no se fija en lo negativo, ni es juez para condenar. Se goza al descubrir y señalar lo bueno. Despierta esperanza y alienta esfuerzos sinceros por el bien de la comunidad"

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

10 de septiembre de 2017

 

Con frecuencia hablamos de la responsabilidad de cada uno, en relación a sus propios actos. Son comunes expresiones como “cada quien su vida”, “a cada uno lo suyo”... Esto es cierto, pero sólo parcialmente, y no se puede esgrimir como verdad absoluta. Sin negar lo que tienen de razón esos dichos, la Palabra de Dios los pone hoy en cuestionamiento y nos invita a mirar otra perspectiva: Esa que se llama “corresponsabilidad”. Es la misma responsabilidad, pero vista desde una dimensión comunitaria y de fe.

 

“Te he constituido centinela para la casa de Israel”, dice Dios al profeta Ezequiel. A él le tocó vivir un período muy difícil en la historia de Israel: La deportación y el destierro en Babilonia. Tuvo que ver desde el exilio los acontecimientos que marcaron decisivamente la vida de su amado pueblo, como la destrucción de su ciudad santa de Jerusalén. El profeta sabe perfectamente que todos esos acontecimientos no son fortuitos, sino que responden al pecado contra Dios, haber dado la espalda a su Señor para contaminarse con la idolatría y seguir caminos de injusticia y de maldad.

 

El pecado es responsabilidad de cada persona que lo comete y debe asumirla con valor en cada circunstancia. Pero esto no exime a los demás miembros de la comunidad. Existe una corresponsabilidad que hay que compartir de forma solidaria. Cuando alguien se equivoca y comete un error, es necesario ayudarle para que lo reconozca y ayudarle a repararlo. No basta “lavarse las manos” diciendo: “Ése no es mi problema” o “yo no tengo culpa de lo que otro haga”, “cada quien su vida”... Esto también es, por lo menos, pecado de omisión. En el caso que presenta el Profeta Ezequiel, no es el individuo visto en solitario el que ha abandonado a Dios, sino todo el pueblo en su conjunto, por tanto cada uno, pero también en comunidad deberán dar cuenta a Dios.

Una imagen muy elocuente que usa el Profeta es la del “centinela”. Poco o nada tiene que ver con la imagen tan devaluada, deformada y hasta peyorativa que tenemos de las corporaciones policíacas. El policía cuyo nombre proviene del griego politeia (sociedad, ciudadanía) está inseparablemente asociado a la idea de vida en sociedad, relacionada así con lo que se refiere a la polis (ciudad) y su organización:Una fuerza de seguridad o fuerza pública, encargada de mantener el orden y la seguridad de los miembros de una ciudad o sociedad. El policía es un guardián para cuidar y salvaguardar el orden, con la tarea de corregir y detener a quienes lo perturban. El concepto de policía es positivo en sí mismo, sin embargo por la corrupción que nos corroe y destruye, muchas veces, en terrible paradoja, se llega a identificar al policía con un delincuente uniformado, y en vez de inspirar confianza y protección, genera miedo y desconfianza. 

 

En cambio el centinela del que habla el Profeta es más bien un guardia o vigía, emplazado en un puesto de observación, generalmente un lugar alto, para cuidar y proteger una ciudad, sobre todo a las personas. El centinela tiene la tarea de descubrir y advertir de cualquier peligro o intruso y de dar la voz de alarma en caso de ataque o cualquier otra situación de riesgo.Ezequiel se refiere al centinela encargado de proteger y advertir acerca de todo peligro: “Te he constituido centinela de la casa de Israel”, es decir te he puesto para que cuides y adviertas a tus hermanos sobre todo lo que pueda asecharlos. Advierte, pone en alerta y protege.

 

Esas palabras del Profeta, en relación directa a lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio, respecto a la corrección fraterna, nos dan pistas muy valiosas para nuestra vida cristiana, en corresponsabilidad con nuestros hermanos. Ser “centinela” tiene un sentido muy especial: ejercer el papel de ser prójimo preocupado por los demás, no sólo de sí mismo. Ciertamente no se trata de un espía que va detrás de sus hermanos juzgando sus acciones e incluso haciéndoles la vida imposible.

 

La imagen del centinela es elocuente y ofrece una gran enseñanza: El hermano que se destruye y afecta a la comunidad, lo hace con culpa propia, pero también con responsabilidad de los demás. Si bien no podemos dirigir la voluntad otros, ni hacer sus tareas, sí tenemos que despertar la conciencia del hermano, advertirle, corregirle. Correr incluso el riesgo de recibir rechazos. El centinela no se fija en lo negativo, ni es juez para condenar. Se goza al descubrir y señalar lo bueno. Ayuda a descubrir gérmenes de verdad e indicios de justicia y paz. Despierta esperanza y alienta esfuerzos sinceros por el bien de la comunidad.

 

Es verdad que  la convivencia humana, tanto en la familia, como en la comunidad o en la sociedad en general, incluso en la misma Iglesia, se ve deteriorada por múltiples factores que rompen y condicionan las relaciones entre las personas, compañeros, familiares y amigos. Pero el centinela no está para condenar, sino para prevenir, para corregir y para dar nuevos caminos y nuevas opciones. Si bien es cierto que dentro de la Iglesia y de la sociedad hay personas que tienen el encargo y la obligación de cumplir de modo especial esta tarea, pero también es verdad que todos tenemos la responsabilidad de ser centinelas que ayuden a señalar, a conducir y a encaminar. Todos somos corresponsables de todos y nadie tiene por qué lavarse las manos ante la conducta de los otros. Nadie puede adoptar la actitud de Caín cuando se le pregunta por Abel: “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”. La misión del centinela no es condenar sino cuidar, proteger, animar

 

En una comunidad nadie puede vivir aisladamente, a todos nos toca ser responsables del caminar de la misma. Jesús lo expresa de una manera muy bella al manifestar que cuando dos se ponen de acuerdo para pedir algo seguramente lo lograrán. Cuando se rompe la coraza del individualismo y se unen los esfuerzos para buscar el bien común, se alcanzan objetivos nunca soñados. En cambio, cuando cada quien persigue sus propios intereses, se va minando la confianza, se destruye la fraternidad. El mejor ejemplo de corrección fraterna es el mismo Jesús. Todas las recomendaciones que ahora nos da en el evangelio, las ha vivido de una manera plena. No está de acuerdo con el pecado, pero ama al pecador, se acerca a él, le descubre su error y lo invita a la conversión. Recordemos lo que hizo con la samaritana o con Zaqueo: les ayudó a descubrir la verdad, no los condenó sino los trató con dignidad y le ofreció la posibilidad de alcanzar una vida mejor. No está de acuerdo con la injusticia, por eso la denuncia, pero no condena sino que ofrece caminos de luz.

 

Hermanas y hermanos, hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar más allá de nuestro individualismo. A lanzar la mirada por encima de nuestros propios intereses. A recordar que el proyecto de salvación de Dios no es de índole individualista. No es el “sálvese quien pueda” o el “cada uno rásquese con sus propias uñas”. Estos dichos son producto de una sociedad egoísta. Nosotros pertenecemos a la comunidad de Cristo. Somos su familia, su Iglesia. Nuestros criterios no pueden ser los de cada quien ve por lo suyo, sin importar los demás.

 

 

Tampoco podemos quejarnos de los males si no hacemos algo, aunque parezca insignificante, para remediarlos. Dice un refrán: “¡Más vale encender un cerillo que maldecir la oscuridad!” Somos corresponsables los unos de los otros. A todos nos toca construir la paz, el respeto, la justicia, la lealtad, la honestidad, el amor y nos toca ayudar a los demás a hacerlo. Sí, somos los guardianes, los centinelas de nuestro prójimo.