Homilía del XV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Sus compañeros recibieron lo mismo que ellos, entonces, se sienten víctimas de una injusticia. Así funciona nuestra lógica influenciada de envidia: mirar el bien ajeno como mal propio"

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

24 de septiembre de 2017

 

Hermanos en Jesús nuestro Maestro bueno y generoso

 

El pasaje del evangelio que escuchamos este domingo es, como siempre, sorprendente, desconcertante y polémico. Una vez más Jesús pues rompe los paradigmas de la lógica humana.

 

El Profeta Isaías, al regreso de los exiliados a Jerusalén, en un tono de cierta decepción, porque muchos no han sido fieles a Dios, expresa la necesidad de buscarlo y guardar la alianza. Invita a la conversión: “Busquen al Señor miestras lo puedan encontrar… que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios que es rico en perdón”. Pero de inmediato señala lo difícil que nos resulta a los humanos entender la lógica del Dios que ama, perdona y ofrece siempre una nueva oportunidad: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos”. Así queda manifiesta la dificultad para entender la lógica de Dios, muy distante a la nuestra, basada en el egoísmo, la envidia, la venganza…

 

El evangelio que hoy hemos escuchado transita por esa misma línea, la “lógica ilógica” de Jesús. “Los últimos que serán los primeros”, parece incomprensible o por lo menos desconcertante, pero forma parte de lo que Jesús nos enseña e ilustra con la parábola de los obreros invitados a trabajar en la viña, en diferentes horas del día. Además este mismo dicho, que introduce y concluye la parábola, enfatiza todavía más este criterio de Jesús, muy diverso a los que solemos usar nosotros.

 

La llegada del reinado de Dios es comparada por Jesús con lo que ocurre con unos jornaleros contratados para trabajar en una viña. La parábola presenta un escenario típico de aquella cultura: Al llegar la vendimia el tiempo apremiaba y era preciso acelerar la cosecha antes de que aparecieran las lluvias y las frías noches; los propietarios salían a buscar trabajadores incluso fuera de las horas habituales. El salario era generalmente un denario por día (de aquí el nombre), pero podía variar según el trabajo realizado.

 

Pero la parábola de Jesús resulta muy sorprendente. En un principio todo parece normal: Cierto propietario sale, a horas diversas, y contrata trabajadores para su viña. “Al llegar la tarde, el dueño de la viña dice a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal’”. Lo extraordinario y desconcertante es: “Empezando  por los últimos, hasta los primeros”. Es extraño. Debiera ser al revés: Iniciar por los primeros y concluir con los últimos. Pero no sucede así.

 

Los de última hora reciben un denario cada uno, por lo que los primeros pensaron que cobrarían más. Pero sorpresivamente, ellos también recibieron un denario cada uno. Es entonces cuando comienzan a murmurar contra el propietario: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el  peso del día y el calor”. Es claro que si los que llegaron primero no hubiesen visto el trato hacia sus compañeros tampoco habrían reclamado. Se habrían ido tranquilos y contentos a llevar a sus hogares el sustento ganado. Jamás habrían reclamado. Pero como vieron que sus compañeros recibieron lo mismo que ellos, entonces, se sienten víctimas de una injusticia. Así funciona nuestra lógica influenciada de envidia (mirar el bien ajeno como mal propio).

 

Por eso el propietario contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No acordamos que te pagaría un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”. Desde nuestra perspectiva humana, se debió empezar por los primeros o, en todo caso, éstos debieron recibir un pago mayor. Por eso reclaman una pretendida “injusticia” hacia los que llegaron primero. Sin embargo no existe injusticia alguna. Antes bien lo que hace el dueño es un gesto de bondad. El que es “Bueno” contrasta con los que tienen el “ojo malo” (envidia). La lógica humana va lo la línea cuantitativa, la de Dios se mide por la cualidad de la bondad.

 

Cuando se escribía el evangelio de san Mateo (cerca del año 80), era difícil a los cristianos de origen judío aceptar que los llegados del paganismo estuvieran en la misma condición y con los mismos derechos que los herederos de las promesas a Israel y también los primeros que se habían integrado a la comunidad cristiana.

 

La sentencia suena fuerte: “Los últimos serán primeros y los primeros, últimos”. Pero la parábola enseña algo fundamental: La llegada del Reino revoluciona los conceptos humamos y crea un nuevo sistema de valores. Aunque las promesas son mantenidas, también quedan rebasadas por la soberana bondad del “Dueño de la viña”, que recibe a todos, incluyendo a los pecadores, los últimos en la lógica humana. La soberanía divina llama y retribuye libremente. La única condición es que los invitados acudan.

 

Para entender la lógica de Dios, es preciso dejar criterios egoístas y mezquinos para entrar en sintonía con la bondad absoluta de quien llegó a entregar a su Hijo para salvar a quienes éramos esclavos del pecado. Nos liberó del “ojo malo”, de la envidia, para dar paso a la misericordia.

Dos reflexiones con motivo de los desastres naturales que han azotado nuestro País:

 

1. Una vez más se ha manifestado la solidaridad y generosidad de muchos en favor de nuestros hermanos damnificados. Pero ojalá esa actitud no tuviera lugar sólo en ciertos momentos, sino que fuera siempre así. ¿Por qué tenemos que pasar por circunstancias sumamente críticas para poner de manifiesto la bondad de que somos capaces si podemos ejercerla en nuestra vida diaria? Hemos demostrado que podemos hacerlo. Ahora, es cuestión de lograr que esa actitud solidaria y fraterna se convierta en un modo de ser.

 

2. Esos fenómenos ponen de manifiesto nuestra vulnerabilidad y nuestra pequeñez, al mismo tiempo que desafían nuestra fe. No podemos llenarnos de soberbia ni poner nuestra confianza en cosas por muy fuertes o sólidas que parezcan. Somos frágiles. El temor es una reacción legítima y normal ante amenazas que nos rebasan, pero tampoco podemos olvidar que nuestra confianza está en Dios. A veces actuamos como si no creyéramos en él y nos aterroriza la muerte como si tampoco creyéramos en la vida eterna. Esto es lo que nos recuerda san Pablo cuando dice: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”. Pero para poder asumir esta enseñanza es preciso llevar “una vida digna del Evangelio”.

 

 

Padre de misericordioso, ayúdanos a entender cada vez más la “lógica del amor” que nos muestras en tu Hijo Jesús, de modo que también nosotros, no sólo en algunos momentos, sino siempre seamos misericordiosos, y enséñanos a poner nuestra confianza sólo en ti, para que podamos decir junto con san Pablo: “Para mi la vida es Cristo y la muerte una ganancia”. Amén.