Homilía del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A "Señor, no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud, acuérdate de mí con misericordia por tu bondad"

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

01 de octubre de 2017

 

Queridos hermanos en Jesús, el Hijo siempre fiel al Padre

 

Este domingo el Señor nos llama a vivir la fe, pero no sólo de palabra, sino efectivamente. Nos pide asumir actitudes concretas que denoten que en realidad estamos haciendo su voluntad y que desamos mantenernos en esta actitud, sin dar marcha atrás. Esto es hacer opción por él y su Reino. Si nos equivocamos, el Señor siempre nos ofrece una nueva oportunidad para recapacitar y retomar el camino correcto, que es preciso mantener.

 

Dice el Profeta Ezequiel: “Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Esta palabra del Profeta pone de manifiesto una realidad “paradójica”. Pareciera que el “justo”, por el hecho de serlo, tiene ya ganado un lugar privilegiado ante Dios. Sin embargo no es así. El justo debe mantenerse en su camino. De lo contrario puede caer en la desgracia de apartarse de él y cometer la maldad. Entonces sufre las consecuencias: “Muere por la maldad que cometío”. Pero también, en el sentido opuesto: El pecador tiene oportunidad de volver al camino del bien y “salvar su vida”.

 

Así pues, Ezequiel indica la importancia de la decisión humana frente a la invitación de Dios, que quiere que todos las personas se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, como dice san Pablo (1 Tim 2,3-4). Pero es necesario conocer esa voluntad salvífica de Dios y responder con una “opción fundamental”. La misma que debemos mantener, sin dar marcha atrás.

 

La parábola que nos ofrece el evangelio de este domingo ilustra muy bien la enseñanza dada en el Profeta Ezequiel. La pregunta fundamental es: “¿Quién hace realmente la voluntad del Padre?”.

 

La parábola parte de la vida cotidiana: Un padre con dos hijos. Lo llamativo es el contraste que se genera por las diversas oposiciones. El padre se acerca al primero de sus hijos para pedirle: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero de manera muy extraña para el tiempo y el contexto sociocultural de entonces, el hijo respondió con aspereza: “No quiero”. Esto resulta demasiado raro, ya que en esos ambientes el respeto a los padres era una virtud básica que se inculcaba con gran énfasis. Sin embargo, y pese a todo, dice la parábola: “se arrepintió y fue”.

 

El primer hijo, aunque había respondido de forma tan irreverente, sin embargo se dio cuenta de su actitud negativa, la reconoció y reparó su falta. El verbo que utiliza en la lengua griega, en que fue escrito el evangelio, significa “causar pena, tristeza o pesar”. “Tener un remordimiento” por una incorrecta manera de proceder. Se “sintió mal por lo que hizo”. Pero hay que notar cómo el hijo no se quedó sólo en la pena o remordimiento, sino que dio un paso más: Reparó su falta, yendo efectivamente a trabajar en la viña.  

 

Enseguida ocurre el caso opuesto, con el otro hijo. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Ya voy, Señor”. En contraste con el anterior, este hijo contesta de manera correcta. Llamar “señor” al padre expresaba un trato respetuoso hacia él, pues denotaba reconocimiento y veneración. Parecía indicar que se trata una persona reverente, educada y bien dispuesta. Pero el problema es que en realidad no fue a trabajar en la viña. Su disposición fue sólo de palabra, sin eficacia alguna en la práctica. Aquí radica el grave problema de este segundo hijo.

Por eso Jesús interroga a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, es decir a las personas que parecieran estar mejor acreditadas ante Dios, al estar al frente del culto y de las normas. Les pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”. Ante evidencias tan contundentes ellos no pueden sino reconocer las actitudes. Por eso contestan: “El primero”. La evidencia era muy clara. Sin embargo ellos mismos firman su sentencia, porque entonces Jesús les dice: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

 

El contexto de la parábola es el debate sobre el origen de la autoridad de Jesús. La respuesta sobre ese origen sólo puede ser entendida desde la etapa de la plenitud de la historia salvífica. Que los “publicanos” y las “prostitutas” se adelanten, o incluso sustituyan a, los que debieran ser los primeros en el Reino (los dirigentes de Israel), significa que una etapa nueva y decisiva ha comenzado. Ya no valen sólo las palabras, sino la opción fundamental que se concretiza en actitudes muy claras y precisas.

 

Los “publicanos” y las “prostitutas” tipifican a las personas de peor conducta. Nadie podía esperar que participaran en el Reino de Dios. Pero esa gente de tan mala fama, al escuchar a Juan el Bautista se arrepintió. Por eso se están adelantando al Reino. Esto representa una fuerte llamada de atención no sólo para los sumos sacerdotes y los miembros del sanedrín, autoridades religiosas y civiles de Israel, sino para todos, incluso para la misma comunidad cristiana. Decir “sí” compromete la vida de forma decidida. No hacerlo acarrea consecuencias muy graves.

 

El “sí” de Jesús al Padre lo llevó a asumir muchas consecuencias. Dice san Pablo que esté “sí” lo condujo al abajamiento, ya que que a pesar de ser Dios “no se aferró a las prerrogativas de su condición divina, sino al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo… Se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz…”. El “sí” de Jesús al Padre fue siempre sostenido, nunca revocado, puesto que aceptó la misión que recibió. Por eso dirá también san Pablo: Cristo Jesús, el Hijo de Dios, a quien Silvano, Timoteo y yo les hemos anunciado, no fue primero "sí" y luego "no". Todo Él es un "sí" (2 Cor 1,19). Y él es el ejemplo del “sí” que estamos llamados a dar siempre a Dios.

 

 

Padre de misericordia, que nos llamas a trabajar en tu viña, colaborar en la construcción de tu Reino, enséñanos a dar un “sí” permanente, un “sí” que comprometa nuestra existencia y se mantenga firme a pesar de las adversidades y obstáculos. Te lo pedimos por intercesión de María Santísima, nuestra madre, quien fue siempre fiel a ti, sin cesar, desde que dijo “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí lo que me has dicho”. AMÉN.