Homilía de la conmemoración de los Fieles Difuntos "Los fieles difuntos, es decir, los creyentes en Cristo, al llegar al final de su vida terrena, son llamados a participar de esa misma Pascua Eterna"

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

 

Hermanos en Jesucristo muerto y resucitado

 

La muerte de los seres humanos es un acontecimiento relevante y particular. No es simplemente el último paso de un  ciclo vital como los demás seres, que nacen, crecen, se reproducen y mueren. El sentido antropológico de la muerte es muy distinto. Es una “experiencia cumbre”: Su significado es muy alto y trascendente. Abarca totalmente a la persona que fallece, pero también repercute en otras más, especialmente en los seres queridos. La muerte humana nunca es un hecho estrictamente individual o aislado. Es una realidad que involucra familias, comunidades, pueblos y sociedades.

 

Para las personas que no tienen fe, la muerte es sólo, como muchas veces se dice, el “paso obligado de todos”, el “momento que por fuerza tiene que llegar”, el “hecho implacable” del que “nadie se puede escapar”. Esta es ciertamente una visión que podemos definir como “fatalista”, es decir que considera la muerte únicamente como “lo inexorable del destino”, aquello ante lo que no queda sino una pobre, lastimera e irremediable “resignación”. Para esta visión carente de fe, en la que toda la realidad humana termina en la tumba, la muerte es una desgracia inevitable del destino, del que no se puede huir y que al final debe, por fuerza debe concluir en un desenlace trágico y doloroso. Pero esta no es la visión cristiana. La perspectiva que nos da la fe es totalmente otra, la que nos llega por la luz de la revelación de Dios.

 

En la Biblia, ya desde el AT, se mira la muerte de frente, con lucidez. Desde los ámbitos más primitivos de la historia bíblica la muerte no es un aniquilamiento. Al tiempo que un cuerpo humano se depositaba en la fosa, se decía que había algo del difunto, que no podían definir, pero que entendían como una especie de sombra, subsistía en lo que los hebreos llamaban el “sheol” al que “bajaban” todos los muertos (la Biblia latina tradujo esta palabra como “ínfera”, palabra poco feliz para el castellano que la tradujo como “infiernos”). Aunque el “sheol” no era propiamente un lugar de castigo sino una especie de “morada de los difuntos” (por eso se dice en el Credo que Cristo “descendió a los infiernos”, el ámbito de la muerte), sin embargo tampoco era agradable, pues se entendía como desolación y abandono, al estar privados de la vida y sin posibilidades de alabar a Dios (Sal 6,6; 30,10), que es propio de los vivos. Una vez en el “sheol” no había posibilidad de retorno (Job 10,21), lo que provocaba tristeza, nostalgia, incluso desesperanza.

 

Pero por otro lado los hombres del AT, aunque valoraban la vida terrena, como un don de Dios, sin embargo sabían que esa era frágil y efímera, como “un soplo” o “una sombra que pasa”. Así se va cultivando la esperanza de una vida sin final. Al tiempo que se acepta la muerte como designio divino que evidencia la humildad de la condición humana, frente al Dios inmortal y eterno, va surgiendo no sólo el deseo de una vida sin fin, sino la esperanza de una participación mayor con ese Dios que posee la vida en plenitud. Esto es sobre todo para los justos e inocentes, cuya muerte no se puede asociar al pecado. La pregunta era: ¿Por qué tiene que morir el justo con el culpable? Y también, ¿por qué tienen que compartir la misma suerte en el “sheol”?

 

Por eso, en época más tardía se anuncia el triunfo supremo de Dios sobre la muerte y la liberación definitiva del hombre, sustraído a su dominio, cuando llegue el reinado escatológico (final) de Dios (Is 25,8). Para participar en ese reinado, los justos que “duermen en el polvo” resucitarán para la vida eterna, mientras que los impíos permanecerán en el “sheol” (Dn 12,12). Entonces éste dejará de ser la morada de todos los muertos, para ser sólo la de los que no logran salir de allí por su impiedad, como en una cárcel. En cambio los justos serán llevados a Dios e introducidos en su gloria (Sb 4,7), para siempre.

 

Los cristianos sabemos y estamos convencidos que sólo podemos entender el misterio de la muerte a la luz de la fe en Jesucristo, la Resurrección y la Vida. Creemos que con él ha llegado el reinado de Dios, esperado y anunciado en las profecías. Por tanto, el sentido auténtico y genuino de la muerte y la vida se esclarece sobre todo desde la luz pascual de Jesucristo muerto y resucitado.

 

Isaías anunció que el “Siervo de Yahvé” sería herido de muerte y separado de la tierra de los vivos. Su muerte representó un sacrificio expiatorio, ofrecido por los pecados de los hombres, según designio de Dios (Is 53,8-12). Jesucristo es el verdadero y genuino “Siervo de Yahvé”. Su muerte en la cruz es capaz de dar sentido a nuestra propia vida y muerte. Cristo en la cruz nos hace comprender el infinito amor del Padre, que no escatimó a su propio Hijo para liberarnos del pecado y de la muerte, entendida como la gran tragedia humana acarreada por el pecado. Ciertamente es poco lo que alcanzamos a comprender. Lo más que podemos es contemplar el misterio de Dios y de su infinito amor por nosotros. El misterio de la persona humana, de la vida, incluso del sufrimiento y de la muerte se esclarecen y cobran sentido en el Hijo que entregó su vida por “rescatar al esclavo” (pregón pascual).

 

El Hijo eterno del Padre, quien por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María, nos ha amado hasta el extremo de dar la vida para salvarnos del pecado y de la muerte, para que podamos alcanzar la vida plena en la participación eterna de su Reino. ¡Sólo él puede hacernos pasar de “la región de los muertos a la región de la vida” (san Efrén). Él, quien fue cruelmente flagelado, injustamente condenado a la pena capital y clavado en el madero de la cruz no se ha quedado en la tumba, la muerte no lo ha podido vencer, ni el sepulcro retener. Se levantó vencedor del pecado y de la muerte, para vivir resucitado y glorioso. Es precisamente la resurrección la que otorga el sentido pleno a toda nuestra existencia, incluida la experiencia “cumbre” de la muerte. Nuestra condición de creyentes adquiere un significado nuevo. Dice san Pablo en su primera carta a los Corintios, si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también fe. Y quedamos como testigos falsos de Dios

 

Los evangelios narran de manera muy escueta el acontecimiento que sustenta toda nuestra fe y nuestra esperanza, la resurrección del Señor. Nos hablan de un “amanecer”.  Es el amanecer del primer día de la semana. Por tanto, no se trata de un amanecer cualquiera, es la alborada de una época nueva que comienza, porque la resurrección del Señor hace que termine una era de oscuridad, de pecado y de muerte para dar paso a una era de luz, de gracia y de vida. Es el “primer día de la semana” porque de aquí en adelante comienza una nueva época y una nueva creación. El anuncio  del ángel a las mujeres es claro y contundente: «Ustedes no teman, pues sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como había dicho…»

Por tanto, para los creyentes en Jesús, celebrar el día de los fieles difuntos tiene ante todo el sentido de celebración de la vida, la que nos ha otorgado nuestro Mesías muerto y resucitado. Por eso también la liturgia ha querido celebrar este día inmediatamente después de la solemnidad de Todos los Santos. Los que mueren en Cristo, van al encuentro del Padre para participar de la Pascua eterna que celebra el Dios de la vida con sus santos y elegidos. Los fieles difuntos, es decir, los creyentes en Cristo, al llegar al fina de su vida terrena, son llamado a participar de esa misma Pascua Eterna.

Dios nuestro, tú que quisiste que tu Hijo único venciera la muerte y entrara victorioso en el cielo, concede a tus fieles difuntos que venciendo también la muerte, puedan contemplarte a ti, Creador y Redentor, por toda la eternidad. Amén