Homilía de La Sagrada Familia (Opcional) 2017 Ciclo B "La familia es ese proyecto de Dios, desde el principio de la humanidad. Un proyecto que se basa en la unión del hombre y la mujer, de la cual nacen los hijos como dones preciosos de Dios"

LA SAGRADA FAMILIA

31 de diciembre de 2017

 

Hermanos en Jesús Hijo eterno del Padre hecho hombre

 

Hace pocos días hemos celebrado la Navidad. Con su nacimiento, Jesucristo quiso compartir nuestra naturaleza humana y todo lo que ella implica, entre lo que destaca el tener una familia. Aunque él era en realidad el Hijo eterno del Padre, “la imagen fiel de su ser”, como dice la Carta a los Hebreos, sin embargo, al encarnarse, Jesús también quiso asumir una de las realidades importantes en la vida de los seres humanos: ser parte de aquel proyecto que Dios tuvo desde el principio de la humanidad, que es la “familia”. Hoy celebramos precisamente la fiesta de la Sagrada Familia.

 

A pesar de que la sociedad actual muchas veces ha hecho perder el sentido profundo de la familia, sin embargo ésta sigue siendo uno de los pilares básicos de toda sociedad y un principio que da sustento al sentido de Iglesia, la “familia de los hijos de Dios”.

 

Desde un punto de vista estrictamente natural el tema de la familia es de suyo relevante. En efecto, para tener una fuerza y conseguir mejor el sustento, muchos seres vivos que pueblan nuestro planeta tienden a agruparse y a constituir núcleos sociales, cuya base son los progenitores y los hijos que van siendo procreados. Los humanos, además de compartir ese aspecto que brota de la naturaleza misma de una gran cantidad de seres, tenemos además la capacidad de entablar vínculos afectivos y establecer relaciones más profundas, en lo que radica la cualidad de ser personas; podemos así constituir auténticas familias, fundadas en las relaciones interpersonales, en el amor, la comprensión y la reciprocidad.

 

Yendo más allá de lo natural, y entrando en la perspectiva de la fe, podemos constatar cómo la familia forma parte del proyecto de Dios para la humanidad y que tiene su base más firme en la misma vida interna de Dios, la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas, pero cuya unidad, fundada en el amor, es tan plena y perfecta  que forman un solo y único Dios.

 

Las dos primeras lecturas hablan de Abraham, a fin de hacernos comprender que los hijos son un don maravilloso de Dios. La familia, con el amor recíproco entre el marido y la mujer y, después, con la fecundidad del amor, es un don de Dios, una participación en su dignidad de Creador. Ha dado al hombre la dignidad de ser con él procreador de hijos. Por eso el libro del Génesis llega a decir que cuando nació el primer hijo a Eva y Adán, ella exclamó: “He procreado un hombre con el Señor” (Gn 4,1). Con esta afirmación quería dar a entender que había sido asociada estrechamente a Dios para la procreación de un hijo.

 

La primera lectura muestra a Abraham lleno de tristeza porque no tiene hijos. Ya es anciano, lo mismo que su esposa Sara. Han perdido la esperanza de tener un hijo. Es entonces cuando Dios se dirige a Abraham, le dice: “No temas, Abraham. Yo soy tu protector y tu recompensa será grande”. Abraham responde a Dios: “Señor mío, ¿qué me vas a poder dar, puesto que yo voy a morir sin hijos?” Abraham está triste por la falta de descendencia. Los demás dones que Dios le otorga, le parecen vanos. Abraham reflexiona: ¿De qué sirven si no los puede trasmitir a sus hijos? Por lo que desilusionado, concluye: “Ya que no me has dado descendientes, un criado de mi casa será mi heredero”.

 

Pero en ese momento el Señor le hace una promesa, que corresponde a su deseo más grande: “Ese no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas”. Llevándolo fuera le dice: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes… Así será tu descendencia”. Abraham creyó en el Señor y por eso fue considerado “justo”. Ese hombre sabe y está convencido que los hijos son un don maravilloso de Dios, que infunde en el corazón de los padres una alegría muy particular: La alegría de la paternidad y de la maternidad, que es la más grande entre muchas otras que son también legítimas.

 

La lectura tomada de la Carta a los Hebreos, nos lleva a comprender que el don de los hijos comporta una responsabilidad muy grande para los progenitores. Ellos son un don, no propiedad los padres. Un hijo representa un tesoro para sus padres, pero por ser personas, pertenecen más a Dios que a sus propios padres. En este sentido, Abraham tuvo que vivir una experiencia muy dolorosa, que lo llevó a ser consciente de tal realidad.

 

La carta a los Hebreos refiere la dura prueba que el Señor puso a Abraham, al pedirle que le ofreciera a Isaac, el hijo engendrado en la vejez y que representaba la promesa que el mismo Dios le había hecho. Aunque la prueba era de muy difícil, Abraham, el padre en la fe, manifestó su disponibilidad para llevar a cabo lo que Dios le pedía, y se aprestó a sacrificar a su hijo. Así puso de manifiesto que, a pesar de que ese hijo era un don muy preciado y la garantía de su posteridad, sin embargo pertenecía a Dios. Al mismo tiempo quedó demostrado que en realidad Dios no quiere sacrificios humanos. Aunque es dueño y señor de la vida y puede decidir sobre ella, sin embargo, como Padre amoroso, defiende la vida que él mismo otorga.

 

La prueba de Abraham tiene grandes enseñanzas. Ante todo que los hijos pertenecen a Dios. Por tanto es fundamental el respeto no sólo de los hijos hacia los padres, sino también de éstos hacia sus propios hijos, en  mutua reciprocidad. La vida de los hijos pertenece sólo y exclusivamente a Dios. Por eso nadie, ni los padres, puede decidir sobre ella, aunque tengan sólo unas semanas de gestación. El aborto es un crimen que clama a Dios. Si se acepta que las madres asesinen a sus propios hijos, ¿que podemos esperar de una sociedad tan permisiva? Aquí empieza la falta de respeto a la vida, que luego se traduce en muchas formas de crimen. Al perderse el valor de la vida, se asesina fácilmente y se genera una cultura de muerte. Esa sangre derramada clama a Dios.

 

En el evangelio podemos ver cómo María y José toman conciencia de que Jesús no es posesión suya, sino una responsabilidad que han recibido del verdadero Padre, el del Cielo. Pocos días después de su nacimiento, llevan el niño a Jerusalén para ofrecerlo al Señor, es decir, para manifestar que en realidad pertenece a Dios. La ley de Moisés prescribe: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones”. José y María van al templo a mostrar que Jesús pertenece a su Padre Dios y que ellos son una especie de “administradores, no los propietarios del pequeño.

 

En esa circunstancia, Dios revela el modo cómo Jesús es su siervo (el Siervo de Yahvé). El anciano Simeón, inspirado por el Espíritu Santo dice a propósito de este niño: “Ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones…” Jesús tiene como tarea decisiva ser signo de contradicción y hacer que aparezcan las intenciones reales y profundas de las personas. Incluso, él mismo debe convertirse en objeto de persecución y de condena injusta. Simeón también le predice a María: “Y a ti, una espada te atravesará el alma”. Tanto la suerte de Jesús como la de su madre son dolorosas, pero muy fecundas. Por eso María “guardaba todas esas cosas en su corazón”.

 

San Lucas refiere que una vez que cumplieron los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su pueblo Nazaret y que “el niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él”. La alegría de la familia procede precisamente del crecimiento integral de los hijos. Esto es también algo maravilloso. Enseña que los hijos están destinados a crecer y a fortalecerse a fin de adquirir sabiduría y a recibir la gracia de Dios. Jesús es realmente uno de nosotros: El Hijo eterno del Padre asume el proceso normal de un ser humano frágil y limitado, que necesita crecer, fortalecerse, él que era la Sabiduría infinita de Dios, acepta ir adquiriendo poco a poco sabiduría, al igual que todo mortal. Sin embargo esto también es motivo de mucha alegría para José y María, ver a su hijo crecer y adquirir todo lo necesario para su misión.  

 

La familia es ese proyecto de Dios, desde el principio de la humanidad. Un proyecto que se basa en la unión del hombre y la mujer, de la cual nacen los hijos como dones preciosos de Dios que pertenecen sólo a él, un proyecto divino que sigue vigente, a pesar de que muchas veces, en aras de una engañosa modernidad, se pretenda hacer creer lo contrario. La familia tiene la misión de favorecer el crecimiento de los hijos, respetarlos y acompañarlos en todo momento y favorecer el pleno e integral desarrollo de los mismos. Los que creemos en Jesucristo, Verbo eterno de Dios encarnado, tenemos la misión de valorar y promover este proyecto divino, aunque muchas veces tengamos que navegar contra corriente.

 

 

Padre de bondad, que nos has dado a tu propio Hijo para que compartiera nuestra condición humana con todas sus circunstancias, entre las que destaca el asumir el proyecto para la familia, que tuviste desde el principio de la humanidad, bendícenos y bendice a todas nuestras familias; líbralas de todos los males que las amenazan, especialmente del egoísmo, del materialismo y de tantas acechanzas que la circundan por doquier. Te lo pedimos por intercesión de María Santísima y su justo esposo san José.  Amén.