Homilía de La Epifanía del Señor 2017 Ciclo B "Señor y Padre de todos los seres humanos, que no haces distinción ni discriminación de personas; enséñanos a entender tu proyecto de salvación, a no hacer distinción de personas por su condición, origen o apa

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

07 de enero de 2018

 

Hermanos en Cristo, que nos ha manifestado su salvación

 

Celebramos la “Epifanía” del Señor. Esta es una palabra griega que significa “manifestación”. Jesucristo se manifiesta como Mesías y Salvador a todas las personas y a todos los pueblos de la tierra, sin importar procedencia, origen, condición, raza o color.

 

San Mateo, quien escribió su evangelio cerca del año 80 d.C., para una comunidad de cristianos, en su mayoría procedentes del judaísmo, presenta una escena que debió impactar: “Después del nacimiento de Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido  a adorarlo”. Personajes desconocidos (en griego magoi, “magos”, es decir “sabios”) son los primeros en reconocer y adorar a Jesús. Hombres dedicados a la observación la naturaleza y a la investigación de fenómenos extraordinarios (“científicos” de su tiempo), venidos del Oriente, por tanto paganos, llegan a Jerusalén preguntando por el “Rey de los judíos” que ha nacido y cuya estrella han visto en Oriente. Pero lo más relevante e impactante es su finalidad: hemos venido  a adorarlo”.

 

Esa última expresión tiene un gran alcance y es impactante. El término griego usado por el evangelio es proskynéõ (= “ponerse de rodillas rostro en tierra”, “postrarse”). Los “sabios del Oriente” no llegan a Jerusalén buscando un rey común, sino a uno digno de adoración. Judea era un pequeño territorio, dependiente del Imperio romano, que concedía a sus subordinados cierta autonomía, en lo que hoy se conoce como “usos y costumbres”. De hecho el título de “rey” que poseía Herodes se limitaba a cuestiones internas de poca importancia en Judea. Los asuntos más relevantes eran reservados al representante o legado imperial. Es, por tanto, extraño que aquellos sabios, paganos, vienen desde el Oriente a postrarse delante de un niño recién nacido para adorarlo y ofrecerle sus dones. Son los paganos, los primeros que reconocen al Mesías. Esto constituye un fuerte reproche y denuncia al propio pueblo de Israel, que no reconoce a su Mesías y Salvador.

 

Más aún, Herodes, que se ostentaba como rey de Judea, es el primero en prestar oposición. Incluso contagia su actitud a toda Jerusalén. Pero al mismo tiempo, confundido, sin saber con certeza de qué se trataba, supuso que algo muy importante estaba ocurriendo, por lo que convocó a los sacerdotes y escribas para preguntarles “acerca del lugar donde tenía que nacer el Mesías”.

 

Herodes no era propiamente judío. Originario de Ideumea, llegó a ser reconocido rey de Judea gracias a las artimañas de su padre Antípatro (ex ministro de último rey de los “Asmoneos”, Hircano II), quien con mucha astucia logró puestos para sus hijos, entre ellos Herodes. Éste sabía bien que estaba allí por los  servilismos de su padre a los romanos, durante y después de la conquista de Judea. Herodes se sabía usurpador de un título que no le correspondía, y andaba temeroso de ser depuesto. Si un rey judío estaba por venir, podría acarrearle serios problemas, por eso su actitud hostil.

 

 “Herodes llamó en secreto a los sabios e investigó con exactitud el tiempo de la aparición de la estrella. Y, enviándolos a Belén, les ordenó: ‘Vayan y averigüen con cuidado sobre ese niño y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo’”. El rey idumeo usurpador y temeroso, creyó actuar con astucia, esperando que los sabios del Oriente hicieran el trabajo de buscar al Mesías recién nacido, y así, podría también acabar pronto con el supuesto peligro que para él representaba. Sin embargo, sólo puso en evidencia su cobardía y su oposición al proyecto de Dios. Al final no logró concretar sus planes de acabar con la vida del auténtico Rey de los Judíos.

 

Por su parte, los sabios, vieron aparecer de nuevo la estrella que “los guió, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño”. San Mateo añade: “Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría”. Se trata del gozo de los hombres honestos buscadores la verdad, quienes aún sin comprender del todo lo que pasaba, participan de la alegría de la salvación. Es la inmensa alegría de las personas que encuentran la verdad, aún sin conocer las profecías, ni el camino preparado de muchas formas en el AT (Heb 1,1). Sin embargo, ellos con mucha buena voluntad y sinceridad buscan a Dios, por caminos que no siempre parecen seguros. Es el gozo de los hombres que no se amedrentan ni merman en su búsqueda, sino que, a pesar de las adversidades siguen adelante, porque saben que esa búsqueda de la verdad siempre vale la pena.

 

La adoración de los magos evidencia que la salvación de Dios no puede ser encerrada y nadie puede ser excluido. No es prerrogativa de pocos. Está abierta a todos los que quieran aceptarla, sin distinción de raza, pueblo, nación o condición social. Se cumple el oráculo de Isaías: “Levántate y resplandece Jerusalén…, la gloria del Señor alborea sobre ti… Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora…” Los del Oriente se han volcado a la ciudad donde Dios manifiesta su salvación, por eso llegan “los de Madián y Efá y todos los de Sabá, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor”. No hay exclusión alguna.

 

En este mismo sentido, san Pablo recuerda: “Por el Evangelio también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”. La Epifanía es, por tanto, la fiesta de la gran alegría para todos, sin distinción, la fiesta de la universalidad de la salvación y, por eso mismo, la fiesta de la no exclusión.

 

Pero, al mismo tiempo, la Epifanía es reproche y denuncia para la comunidad de san Mateo, cuyos miembros procedían ante todo del judaísmo, porque ven cómo son unos paganos los primeros en adorar a Jesús. Pero es también advertencia también para nosotros, cristianos católicos, de hoy, para que no nos ocurra lo que a aquellos judeocristianos. No caigamos en error de “dormirnos en nuestros laureles”, pensando que por ser bautizados o llevar a cabo algunas prácticas religiosas ya tenemos asegurada la salvación. Este pasaje nos lleva a darnos cuenta que si aceptamos realmente a Jesús como Mesías y Salvador y si no actuamos en consecuencia con nuestra fe, podremos quedar privados de la alegría de la salvación. En cambio, personas que sin un conocimiento explícito de la fe, pero que efectúan una búsqueda honesta de la verdad podrían participar de esa inmensa alegría de la salvación.

 

San Mateo continúa su relato, diciendo que los sabios del Oriente después de adorar al niño, abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.  Le ofrecen lo mejor que ellos poseen. El oro, el incienso y la mirra se cuenta entre los mejores productos que proceden del Oriente. Aunque con el tiempo se les dio una interpretación simbólica (el oro como rey, el incienso como Dios y la mirra, utilizada entre otras cosas para embalsamar cadáveres, como hombre mortal), no es éste el principal sentido del relato. Lo más importante es que los sabios del Oriente ofrecen a Jesús, lo mejor que tienen. Por eso la pregunta: en verdad, ¿ofrecemos a Jesús lo mejor que tenemos?, ¿lo mejor de nuestra persona, de nuestro tiempo, de nuestras posesiones, lo mejor de nuestra vida?, o en cambio le ofrecemos lo que nos sobra, lo que ya no queremos… 

 

 Señor y Padre de todos los seres humanos, que no haces distinción ni discriminación de personas; enséñanos a entender tu proyecto de salvación, a no hacer distinción de personas por su condición, origen o apariencia; enséñanos a vernos como hermanos en Cristo y a ofrecerte lo mejor de nosotros mismos. Te lo pedimos por intercesión de María Santísima, Madre del único Mesías y Salvador de todos.  Amén.