Homilía de La Fiesta de la Presentación del Señor 2017 Ciclo B "Padre Dios, necesitamos la Luz que nos has enviado y que muchas veces como ciegos y necios hemos rechazado. Por eso caminamos torpemente en la oscuridad"

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

02 de febrero de 2018

 

Hermanos en Jesucristo, nuestra Luz y nuestra Salvación

 

Celebramos hoy a Jesucristo, Luz que ilumina nuestros senderos oscuros, azotados y destrozados, por las penumbras del pecado y del mal. El nombre popular de esta fiesta, “La Candelaria”, tiene como referencia a la Santísima Virgen María, ya que ella, como si fuera un candelero, lleva en sus brazos la Luz verdadera.

 

En el mundo hebreo, el candelabro de los siete brazos (“Menorah”), ha sido y es muy emblemático, pues simboliza la presencia divina. Simboliza la Torá”, ya que para ellos es una luz que no se extingue. Prov 6,23 dice que la “Torá” es “una lámpara y la enseñanza es una luz, y las reprensiones de la corrección son los caminos de la vida". Pues si Jesús es la Luz que ilumina el mundo, los brazos de su Madre María son como los de la nueva “Menorah”, la que desde el templo de Jerusalén inaugura una nueva época de luz, un Templo nuevo y un nuevo culto, porque ella es la mujer que dio a luz a la Luz del Mundo.

 

San Lucas refiere hoy tres momentos importantes que tienen que ver con el cumplimiento de la Ley de Dios: 1) la purificación de María; 2) el rescate del primogénito y 3) la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén.

 

La purificación de María expresa el cumplimiento cabal de la Ley ordenada por Dios para su pueblo. Toda mujer al convertirse en madre, según Lv 12,2-8, debía purificarse: Cuando una mujer conciba y dé a luz un hijo varón, quedará impura durante siete días… El octavo día el niño será circuncidado, pero ella permanecerá treinta y tres días más purificándose. No tocará ninguna cosa santa ni irá al santuario, hasta cumplirse los días de su purificación… María, humilde y dócil, cumple puntualmente ese precepto dado por Dios.

El segundo es el rescate del hijo primogénito (Ex 13,2.11-12). Éste se estableció en razón de que todo primer nacido pertenecía sólo a Dios. Por eso se prescribe en Ex 13,12: Consagrarás al Señor todo primogénito. Todo primer nacido de ganado, si es macho, pertenece al Señor. También por eso el mismo libro del Éxodo ordena: Conságrame todo primogénito, todo primer parto entre los israelitas, tanto de hombres como de animales, es mío. La manera de manifestar esa pertenencia a Dios era sacrificando al primer nacido de los animales; pero de los primogénitos de los humanos se dice: Rescatarás todo primogénito de entre tus hijos. El rescate consistía en ofrecer un sacrificio de sustitución, con un cordero: Al cumplirse los días de su purificación, por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado… Si no le alcanza para presentar un cordero, tome dos tórtolas o dos pichones…(Lv 12,6.8).

 

Los padres de Jesús, como los del Bautista, cumplen lo prescrito por en la ley de Dios, porque es un reconocimiento del Señor, Dueño de la vida y de la creación. Y aunque el tercer momento narrado por san Lucas, presentar al niño en el santuario no era obligatorio, la gente piadosa lo estimaba conveniente (cf. 1 Sam 1,24-28). José y María, con piedad y reverencia a Dios, juzgan conveniente presentar a Jesús en el Templo.

 

La actitud de María y José nos ayuda a redimensionar el auténtico valor de la religiosidad y descubrir cuándo ésta es genuina. La verdadera piedad no consiste sólo en actos externos, llevados a cabo por costumbre, inercia o por mero legalismo (al que Jesús se opuso decididamente). Los gestos religiosos y actos de piedad deben expresar ante todo una actitud interior de reconocimiento a Dios. La clave para valorar su autenticidad es la coherencia de vida, como la de María y José. Una persona sólo puede ser piadosa cuando es consistente entre su religión y su vida cotidiana.

La purificación de María, el rescate del primogénito y la presentación del niño Jesús en el Templo, siendo diversos, fueron reunidos y aprovechados por san Lucas para expresar cómo el Salvador asume lo establecido por su Padre. Al mismo tiempo que evidencia la auténtica piedad, aprovecha para presentar dos manifestaciones del Señor en torno a dos figuras: Simeón y Ana.

 

La primera manifestación se produce a través de Simeón, el personaje honrado y piadoso, que aunque no se menciona su relación con los sacerdotes, sin embargo sí recuerda al sacerdote Elí, bajo cuya tutela estuvo Samuel (1 Sam 1-3) y al otro anciano sacerdote Zacarías, padre de Juan. Igual que este último emite una oración en forma de cántico. Se dice que el Espíritu estaba con él y que el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte, sin ver antes al Salvador. Es el mismo Espíritu que va guiando y dinamizando la obra de la salvación.

 

La presencia de la mujer Ana tiene también significado. El nombre recuerda a la madre de Samuel, Ana, esposa de Elcaná.  Ahora es la profetisa la que alaba a Dios y habla del niño a los que esperan la redención, es decir, la liberación mesiánica del pueblo elegido. Que sea en Jerusalén es relevante ya que ésta es para san Lucas el centro de la obra de la salvación (9,31.51.53…)

 

San Lucas enfoca su relato en el primer acto cultual de Jesús en la ciudad de Jerusalén. Allí mismo llevará a cabo el último y supremos acto cultual, con su pasión, muerte y resurrección. Jerusalén posee gran importancia en el evangelio, como el lugar del acontecimiento pascual y punto de partida de la misión cristiana. Desde Jerusalén habrá de surgir la Luz Pascual, la que va a iluminar con todo su esplendor a los redimidos. El anciano Simeón lo anuncia ya. El mismo a quien el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor, tomó en brazos a Jesús y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

 

 Los ojos de Simeón son testigos del cumplimiento de la profecía de Isaías: Yo el Señor, te he llamado en justicia… y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las naciones. Jesús es la Luz que nace de lo alto, la Luz verdadera que ilumina a toda persona que llega a este mundo. Él es el único que puede destruir las sombras de muerte, las tinieblas del pecado, las penumbras de la maldad y la oscuridad en que caminamos muchas veces, como ciegos, tropezando y cayendo una y otra vez.

 

Padre Dios, necesitamos la Luz que nos has enviado y que muchas veces como ciegos y necios hemos rechazado. Por eso caminamos torpemente en la oscuridad. Enséñanos a vivir como hijos tuyos, hijos de la Luz. Madre María, que, como nueva “Menorah”, llevaste en tu seno purísimo la Luz eterna y lo tomaste en tus brazos en el templo de Jerusalén, intercede por nosotros, pobres ciegos para que alumbre en nosotros y seamos en verdad, templos del Espíritu Santo. Amén.