Homilía del V Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B "Señor, sana nuestros corazones quebrantados, venda nuestras heridas y tiende tu mano a los humildes"

V Domingo del Tiempo Ordinario

04 de febrero de 2018

 

Hermanos en Cristo, quien da sentido a nuestra vida

 

La Palabra del Señor nos llena de consuelo y fortaleza, en medio de las fatigas y dificultades de nuestra vida cotidiana. Por ello no nos desanimamos, sino que, vamos viviendo nuestra vida con gran sentido y esperanza. Sobre todo en el Evangelio, Jesús nos invita a compartir su vida llena de sentido pleno.

 

Es cierto que el monótono vivir diario de muchas personas se parece al discurrir adolorido del hombre que hoy encontramos en la primera lectura. Éste personaje se llama Job. A él le han ocurrido todas las desgracias imaginables e inimaginables. Está siendo puesto a prueba, pero no él no lo sabe, por eso no entiende y se pregunta por qué le suceden tantas desgracias. Además él es un hombre bueno y justo y, en buena lógica, no merece lo que le pasa.

 

En medio de sus lamentos, reflexiones y preguntas que no parecen hallar respuesta, todo es dolor, trabajo, esfuerzo que repite interminablemente cada día. Trabajar, luchar, comer, dormir y volver a hacer lo mismo siempre. ¿Qué sentido tiene la vida?  Dice Job con angustia: “Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza… Mi vida es un soplo”. En sus palabras hay un dejo de desaliento, desilusión, frustración y hasta de pesimismo.

 

Esa es la misma sensación de cansancio y tedio ante la vida que enfrentan las personas cuando van perdiendo la esperanza. Muchos hombres y mujeres deambulan por la vida sin sentido, perdidos en la inútil búsqueda de una felicidad que no encuentran. El mundo parece ofrecer placeres, éxitos y alegría, pero después sólo llegan fracasos, ansiedades e insatisfacción. Este peligro amenaza a todos, incluso a los creyentes, como advierte el Papa Francisco: El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho…”(EG 82).

 

¿Es verdad que la vida carece de sentido? ¿Estamos condenados a vivir una espiral de acedia y vacío? Estas y otras preguntas semejantes fueron formuladas por filósofos existencialistas, como J. P. Sartre y otros más, partidarios de esas corrientes de pensamiento.

 

Si seguimos las propuestas de un mundo que pone su felicidad en el gozar y en la adquisición de bienes, seguramente al final de la vida estaremos decepcionados, porque ahí nunca encontraremos la verdadera felicidad. Pero la propuesta y la vida de Jesús son muy diferentes. Para él cada día y cada instante están llenos de plenitud y tienen una clara referencia a la felicidad plena.

 

San Marcos nos ofrece hoy lo que podríamos llamar “un día con Jesús”. Un día “común  y corriente” pero que da sentido a la vida, por más azarosa que pudiera parecer. La escena del evangelio no tiene sensación alguna de fracaso o tedio. Todo lo contrario. Cada instante es vivido en plenitud y armonía, dando y encontrando felicidad genuina. El evangelista nos acerca a Jesús. Nos deja compartir su tiempo, ocupaciones y su enseñanza en un día ordinario, haciendo una especie de resumen de toda su actividad. Un día compartido con Jesús, tan común, pero tan extraordinario a la vez.

 

Un lugar importante lo ocupan sus discípulos, amigos y familiares. Jesús se da tiempo para dialogar y enterarse de lo que les pasa, sus enfermedades y preocupaciones. No se queda pasivo. Ofrece soluciones. Lo vemos compartiendo en la casa de Pedro, sanando a la suegra y permitiéndole reintegrarse al servicio.

 

Muchos tenemos como prioridad a los amigos y familiares, pero hay que confrontar nuestros días con la actividad de Jesús, para descubrir qué tan positivas y generadoras de vida son estas relaciones. A veces son horas muertas, pesados silencios, reclamos y hasta discusiones. En ocasiones ni nos damos cuenta de sus necesidades. No compartimos realmente la vida, los sueños, los ideales ni hacemos de estos momentos fuente de alegría y bienestar, como Jesús.

 

Pero Él no se encierra en el círculo de amigos y conocidos. “Al atardecer” le llevan enfermos y poseídos provenientes de muchos lugares. A todos los atiende, libera y devuelve su dignidad, expulsando males. La vida plena que lleva en su interior, Jesús la participa a todos sin distinción.

 

Ser sus discípulos significa asumir, desde la perspectiva de su Reino, las tareas que contribuyan a la dignificación de la persona. Las señales del Reino son devolver la salud, ofrecer misericordia a quienes ven vulnerada su vida y generar estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya injusticia y sí vida digna para todos.

 

El genuino discípulo está llamado a trabajar, como Jesús, por la justicia y la defensa de los pobres, a romper estructuras perversas y diabólicas contrarias su Reino. Sanar, restituir dignidad, expulsar el mal, son expresiones de la presencia del Reino y son las tareas de Jesús y sus discípulos. Y esto es lo que en realidad llena nuestra vida de sentido y felicidad.

 

Después de su frenética misión en favor de las personas, encontramos a Jesús “de madrugada”, en la oscuridad y en solitario, entregado a la oración con Dios. Cada instante de su vida está pleno de la presencia de su Padre. No hay ninguna de sus actividades que no sea oración y sin embargo busca esos espacios especiales de encuentro y de plena comunión.

 

El diario vivir de Jesús está impregnado por esos momentos llenos de vida. Fortalecido por los espacios de intimidad con su Padre, retorna a su misión principal: “Vayamos a los pueblos cercanos a proclamar el Evangelio pues para eso he venido”.  Jesús vive para estar en comunión con el Padre y proclamar la Buena Nueva a todos. San Pablo entiende bien este mensaje, por eso dice en su carta a los Corintios: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Orar y predicar, unidos al compromiso de construir el  su Reino en favor de los más necesitados llenan y dan sentido a toda la vida de Jesús y, en consecuencia a la de sus discípulos. No pueden quedar espacios para el tedio, para la decepción o para la depresión.

 

Termina este pequeño pasaje con una imagen de Jesús predicando y expulsando demonios. Responde, pues, Jesús a las necesidades urgentes de curaciones y problemas, de amistad y convivencia, pero no descuida los ejes que sostienen su misión: la oración y la predicación del Evangelio.

 

Muchas veces encontramos propuestas que nos orillan a olvidar la intimidad con Dios, que nos roban espacios de convivencia con los cercanos y que nos impiden ser testigos del Evangelio. Como discípulos de Jesús, necesitamos rechazar esas propuestas engañosas y testimoniar que aquello que realmente puede gratificar y satisfacer nuestra existencia es compartir la vida con él y actuar como él actuó.

 

 

Señor, sana nuestros corazones quebrantados, venda nuestras heridas y tiende tu mano a los humildes. Amén.