Homilía del Jueves Santo 2018 "Señor Jesús nuestro Maestro y Señor, enséñanos a ser como tú, a saber ofrendar nuestra vida como sacrificio constante y a lavar los pies a nuestros hermanos"

JUEVES SANTO

Misa Vespertina de la Cena del Señor

 

Hermanos en Jesucristo, Cordero Pascual inmolado por nosotros

 

Hoy es Jueves Santo. Iniciamos el Triduo Pascual, con la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El Triduo Pascual es la celebración más importante de nuestra liturgia cristiana católica. Nos hemos preparado durante los días de la Cuaresma. Celebramos ahora los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo nuestro Señor, Mesías y Salvador. El anuncio gozoso de la resurrección continuará durante cincuenta días, hasta el Domingo de Pentecostés.

 

En esta tarde de Jueves Santo conmemoramos tres aspectos fundamentales en nuestra vida como creyentes y discípulos de Jesús: La institución de la sagrada Eucaristía y junto con ella la del Sacerdocio Ministerial. San Juan Pablo II decía: “Con las mismas palabras ‘hagan esto en memoria mía’ instituyó Jesús tanto la Eucaristía, como el Sacerdocio Ministerial”. Recordamos también el mandato del amor fraterno, que nos dejó el Señor, como su propio y singular testamento, y del cual él mismo no dio ejemplo al lavar los pies de sus discípulos.

 

Estos tres aspectos, Eucaristía, Sacerdocio y Caridad fraterna convergen en una misma realidad: La vida cristiana que nace y se inspira en el proyecto de salvación del Padre en su Hijo Jesús, quien siendo el Sumo y Eterno Sacerdote, se ofrece a sí mismo en sacrificio, como la expresión máxima del que tiene el amor más grande, al dar la vida por sus amigos. O, como nos recuerda precisamente hoy el evangelio de san Juan, el Señor Jesús habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

 

Jesús, por su amor tan grande, se entregó como ofrenda para rescatarnos del pecado y de la muerte. Él, el Sumo Sacerdote y Pontífice de nuestra fe. Al mismo tiempo él ha querido que su sacrificio, realizado de una vez y para siempre, pero también inagotable, se perpetuara a través de la historia y se actualizara como memorial suyo en todo tiempo y lugar, en la Eucaristía. En la Eucaristía anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección, hasta que él venga de nuevo.

 

La Eucaristía es la presencia privilegiada entre nosotros de Jesucristo inmolado y resucitado. Aunque hay otras formas de la presencia de Cristo (su Palabra, la oración, en su cuerpo místico que formamos todos, etc.), sin embargo la presencia sacramental del Señor, con su cuerpo, su sangre y su divinidad es la más excelente. La Eucaristía es también presencia de Cristo que congrega a su cuerpo místico que es la Iglesia: La Iglesia celebra la Eucaristía y la Eucaristía fortalece la Iglesia. ¿Qué mejor forma podría haber de encontrarnos con Cristo y unirnos a él que la Eucaristía? No es fortuito que el Señor, antes de volver al Padre, de donde había salido, haya querido inaugurar la Eucaristía.

 

La comida en la Biblia tiene significado antropológico relevante: No se trata sólo de un acto de nutrición corporal. Es un espacio muy importante para el encuentro, para el diálogo, la convivencia y la comunión, sobre todo en el ámbito familiar o de amigos, algo que por desgracia hemos perdido en nuestras culturas tan pragmatistas y materializadas. Los momentos más importantes y trascendentes tenían lugar en el ámbito de una comida. Por eso también la Pascua hebrea, al salir de Egipto, sucede y se conmemora con una comida. Por ese mismo motivo, Jesús quiso que su presencia salvadora se perpetuara en el espacio de una comida, la eucarística.

 

Comer la Pascua para los judíos era un momento de gran significado para su vida e historia. Comer el cordero pascual, un animal de un año, sin defecto, evocaba la liberación de la esclavitud egipcia. Por eso la celebración tan solemne cada año. Con cuánta mayor razón nosotros, los cristianos, celebramos el acontecimiento salvífico en la Eucaristía. Ya no conmemoramos la liberación de una esclavitud física, sino la libertad por excelencia, de la esclavitud del pecado, de la muerte y del demonio. Ya no comemos un animal sacrificado y cocinado a las brasas, sino que comulgamos al verdadero Cordero sin defecto, el auténtico Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Nos encontramos con él y con él nos unimos en perfecta comunión.

 

Pero celebrar la Eucaristía no es ejecutar un simple acto cultual o rito religioso. Celebrar la Eucaristía es un acontecimiento salvífico que incide y tiene fuertes implicaciones en nuestra vida cristiana. La celebración de la Eucaristía es, ante todo una acción comunitaria, que rebasa intereses particulares y se abre al encuentro fraterno. Por esto, quien comparte el mismo pan y el mismo cáliz con sus hermanos, queda también comprometido a compartir lo que es y lo que tiene con ellos. En esta lógica, la de Cristo, quien no quiere compartir su pan material, tampoco tiene derecho a compartir el Pan eucarístico, pues son dos realidades unidas por un vínculo indisoluble. Intentar separarlas llevaría a caer en una contradicción fatal, como denuncia san Pablo (1 Cor 11,17-22). Lo peor es que muchas veces ni siquiera cuestionamos nuestra conciencia.

 

Por eso es que también, el evangelio que acabamos de proclamar, pone de relieve la caridad fraterna, como un aspecto fundamental en la vida de los creyentes en Jesús como Mesías y Salvador. Si nos fijamos, san Juan no narra, como los evangelios sinópticos (y como san Pablo recuerda en la primera carta a los Corintios), la institución de la Eucaristía, sino que precisamente en el lugar donde se esperaría la escena de esa institución, el “tomen y coman esto es mi cuerpo… tomen y beban, ésta es mi sangre…” aparece precisamente el pasaje donde el Señor lava los pies de sus discípulos.  Muchos se han preguntado por qué san Juan, que en el capítulo 6 presenta un grande y hermoso discurso acerca del Pan de Vida, al llegar a la última cena, no narra la institución de la Eucaristía. La respuesta no es fácil. Quizás además de buscar proteger las palabras de una eventual profanación, por los ambientes en que se movía la comunidad de san Juan, es también para evidenciar la magnitud del amor y servicio fraterno. Si la Eucaristía nace precisamente del amor de aquel, quien lo ha tenido tan grande, hasta el extremo dar la vida por nosotros, cómo es posible celebrar la Eucaristía sin que tenga esta repercusión en nuestra vida. El pasaje del evangelio que hemos escuchado interpela nuestra conciencia de creyentes en Jesús.

 

Señor Jesús nuestro Maestro y Señor, enséñanos a ser como tú, a saber ofrendar nuestra vida como sacrificio constante y a lavar los pies a nuestros hermanos. Que nuestro encuentro contigo, Sumo y Eterno Sacerdote, en la Eucaristía, sea la fuente de donde broten nuestras fuerzas para seguirte como discípulos y testimoniarte en la caridad.