Homilía del Segundo Domingo de Pascua (De la Divina Misericordia) 2018 "Todos los que creemos en Jesús resucitado estamos llamados a dar testimonio de Cristo y de su resurrección, a fin de llevar la alegría y la paz al mundo y ser testigos de divina e inf

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (De la Divina Misericordia)

08 de abril de 2018

 

Hermanos en Cristo Jesús, el Señor Resucitado y rico en misericordia

 

La resurrección del Señor no sólo es motivo de grande gozo, sino también nos impulsa a vivir y a testimoniar nuestra fe. Así como es signo del poder inmenso de Dios, la resurrección es también expresión de su gran misericordia. Por eso, este segundo Domingo de Pascua resalta de modo particular la Misericordia divina.

 

Hoy se nos presenta el camino de la fe que van recorriendo los que han creído en Jesucristo muerto y resucitado, incluido el apóstol Tomás, un ejemplo elocuente y emblemático de alguien que necesita crecer más en la fe. Ese camino de fe lleva a los apóstoles y a toda la multitud de los que habían creído a dar testimonio de la resurrección del Señor, a través de milagros y prodigios, pero también por medio su estilo de vida en comunidad y el compartir sus bienes. Estas actitudes proyectan la misericordia de Dios experimentada en Jesucristo muerto y resucitado.

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles pone de manifiesto, con ejemplos concretos, cómo la fe en resurrección del Señor se expresa en acciones claras y comprometidas. Creer en Jesús resucitado no es una teoría o una serie de ideas abstractas, por bonitas que puedan ser, sino es adoptar un estilo de vida, personal y comunitario: “La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma”. La comunidad cristina testimonia la resurrección con “grandes muestras de poder”. Y este testimonio se funda en la forma de vivir y comportarse, especialmente en la capacidad de compartir con los demás: “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo lo que tenía”. 

 

Quizá san Lucas idealiza a la primera comunidad cristiana (hay quienes incluso consideran el ideal inalcanzable). Sin embargo este “sumario” (resumen), como los restantes de Hechos de los Apóstoles, fueron, han sido y seguirán siendo siempre principios que deben inspirar la vida de toda comunidad que crea verdaderamente en Jesucristo muerto y resucitado. Esta forma de vida impacta. Por eso “gozaban de estimación entre el pueblo”. No podría pasar inadvertido un grupo de tan “extraño comportamiento”: “Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que cada uno necesitaba”.

 

Veinte siglos después, estamos muy lejos de esos ideales y principios inspiradores de la primera comunidad creyente en el Resucitado. Necesitamos aprender mucho de esa manera de ser y de actuar, del ejemplo y modelo de toda comunidad cristiana. Quizás apenas las comunidades religiosas, a veces con muchos esfuerzos, alcanzan a atisbar esos ideales y principios. Fuera de allí, todo sigue pareciendo tan extraño y ajeno a nuestra vida. Pareciera que eso no es para nosotros. Nos hace falta seguir recorriendo el camino y seguir aprendiendo.

 

El Apóstol san Juan nos recuerda algo muy importante: La fe y el amor son inseparables, como lo es también el amor a Dios y el amor al prójimo. Por eso dice “Todo aquel que ama a un padre ama también a los hijos de éste”. Así como la fe y el amor forman una especie de binomio indisoluble, así también el amor a Dios no puede ser separado del amor al prójimo. En consecuencia, la fe genuina en Cristo resucitado lleva a la vivencia del amor en su doble dimensión, a Dios y al hermano. Los genuinos creyentes viven en incesante caridad hacia los demás. Y es precisamente éste el “mandamiento” más grande que Jesús dejó a los suyos: “Que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”.

 

El evangelio nos relata que Jesús se apareció a sus discípulos el día de Pascua. Ellos se encontraban a puerta cerrada por miedo a los judíos. Jesús entró y se puso en medio de ellos. Él no está condicionado por las realidades materiales. Las paredes o puertas cerradas no son obstáculo. Puede hacerse visible donde y cuando lo desee. Él lleva a los discípulos la paz, la alegría y el dinamismo de su misión.

 

Las primeras palabras de Jesús resucitado a sus discípulos son: “La paz sea con ustedes”. Este es el saludo habitual de los judíos (el shalom), pero en labios del Resucitado adquiere un significado nuevo y más pleno. Jesús trae la auténtica paz. Él mismo “es nuestra paz” (Ef 2,14), porque ha reconciliado a los hombres con Dios. Las fuerzas hostiles han sido aniquiladas. Los discípulos tienen necesidad de esta paz porque se encuentran en una situación de inquietud, incertidumbre y temor. Jesús no les dirige ningún reproche, aún y cuando ellos habían huido y lo habían abandonado; uno del grupo lo había entregado; Pedro lo había negado... Nada de esto es motivo de reproche. Jesús sólo trae la paz.

 

Jesús muestra las manos y el costado, sus llagas, fuente de la paz: “Por sus llagas hemos sido sanados” (Is 52,13-53,12). Las manos y el costado son la fuente de paz, porque son las huellas de la gran misericordia de Jesús, los signos de su entrega. Los discípulos se llenan de alegría por el amor quien se entregó a la muerte, pero ahora está vivo. La Pascua es el tiempo de alegría. Por eso cantamos: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

 

Pero se requiere entrar en un camino de fe. Aprender a creer con la mente y el corazón, sin condiciones. San Juan dice que cuando Jesús se presentó a sus discípulos, Tomás no estaba allí. Sus compañeros le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él no quiso creer. La actitud de Tomás podría parecer demasiado grotesca, sobre todo viniendo de un apóstol: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creeré”. Estas palabras suenan terribles en sus labios de apóstol. Sin embargo no se trata de juzgar al Tomás individual. La expresión responde a una situación: El evangelio de Juan se escribió casi sesenta años después de los hechos que narra. Para entonces había muchos como Tomás, que querrían haber visto con sus ojos o palpar con sus manos lo que se les trasmite y predica. En realidad Tomás encarna a hombres y mujeres de muchos tiempos y lugares, incluidos muchos de nosotros, que necesitamos crecer en la fe. A veces queremos ver y tocar lo que sólo puede ser visto y contemplado con los ojos de la fe y aceptado por el corazón.

 

Tomás recibe la lección, ocho días después. El Señor resucitado, después de repetir las palabras de saludo y de paz, se dirige al apóstol que ahora sí se encuentra con sus compañeros. La lección no es menos dura que aquellas desafortunadas palabras. Jesús le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente”. Pero la lección, de nuevo, no es para el Tomás individual, sino para todo “los Tomás” y “las Tomasas” de todos los tiempos, para todos los que quisieran palpar, comprobar, es decir para los que quieren poner la fe en el nivel de lo que puede ser tocado y sometido a comprobaciones físicas, para todos los que necesitamos crecer en la fe.

 

Este segundo domingo de Pascua nos invita a caminar por los senderos de la paz y de la alegría, pero también a ascender en el camino de la fe. A vivirla, a comprometernos y a testimoniarla, de palabra, pero sobre todo con nuestras acciones, particularmente con nuestra capacidad de compartir lo que somos y tenemos. Todos los que creemos en Jesús resucitado estamos llamados a dar testimonio de Cristo y de su resurrección, a fin de llevar la alegría y la paz al mundo y ser testigos de divina e infinita misericordia.

 

Dios de eterna misericordia, que has resucitado a tu Hijo amado, reanima y fortalece a este tu pueblo que se alegra al celebrar la Pascua, para que crezcamos en la fe y para que con seamos testigos de aquello que creemos, con nuestra palabra y sobre todo con la caridad hacia nuestro prójimo.